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Lucía, Galán, conocida como "Lucía, mi pediatra", con su nuevo libro. EFE/María Abad

Lucía, mi pediatra: «En la adolescencia el cerebro y el cuerpo están en obras, y los padres nos tenemos que poner el casco de jefe de obra»

La pediatra y divulgadora Lucía Galán, mas conocida como Lucia mi pediatra, analiza en su último libro las entrañas de la adolescencia y responde a las dudas más habituales sobre esta etapa, en la que «el cerebro y el cuerpo están en obras», por eso avisa que si bien es «fascinante», los padres tienen que ponerse «el casco de jefe de obra» para conseguir que los menores transiten en ella de la mejor forma posible.

Lucía, mi pediatra recibe a EFE Salud en un hotel del centro de Madrid para hablar de «Adolescencia» (Planeta), su última publicación que ya va por la segunda edición y que ayuda a las familias a comprender los cambios físicos, emocionales, cerebrales y sociales de la adolescencia.

Una visión optimista pero realista

En la entrevista, asegura que se lanzó a escribir el libro porque venimos de una época en la que no hacemos más que escuchar que la adolescencia es «la edad del pavo» o es la «aborrescencia», en la que parece que es una enfermedad, «una guerra que hay que atravesar», que los padres quieren que se acabe cuanto antes.

«Quise escribir este libro desde una visión optimista, constructiva, realista también, pero con toda la sensibilidad y el conocimiento que necesitan tanto padres como como hijos adolescentes, porque, realmente, la adolescencia es una etapa fascinante, transformadora para ellos, pero también para nosotros como madres y como padres», afirma Lucía, mi pediatra.

Destaca la importancia del conocimiento, de que los padres tengan información para poder acompañar a sus hijos en esta etapa, que conozcan los riesgos que pueden existir en la adolescencia para actuar.

«¿Qué pasa si pillo a mi hijo con un váper?¿Qué va a pasar cuando traiga a su primera pareja y diga si se puede quedar a dormir? ¿Cuánto va a crecer después de la primera regla? ¿Cómo identificar si está sufriendo bullying? (…)? son temas tan sumamente importantes y trascendentales en una época de máxima vulnerabilidad y hay que abordarlo con rigor y sensibilidad», subraya.

Abordar las conversaciones desde la calma, el conocimiento: «Saber cómo entrar, cuando no, cuáles son esas ventajas de oportunidad que ellos nos ofrecen, cuando tenemos más posibilidad de impactar, y cómo dejar un legado real en la construcción de su de su identidad y de sus valores».

Los cambios

A partir de los ocho años ya hay cambios físicos en los menores y a partir de ahí, surge todo lo demás se desencadena «una cascada hormonal, toda una transformación cerebral».

Su cuerpo empieza a cambiar «de una manera importantísima» en muy poco tiempo.

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Lucía Galán, durante la entrevista. EFE/María Abad

«Están en una búsqueda insaciable de su identidad física, intelectual, sexual, ideológica. Realmente es un cerebro y un cuerpo en obras, entonces requiere que nos pongamos el casco de jefe de obra, pico, pala (…) y meternos de lleno en lo que va a ser una etapa transformadora en su vida, que empieza relativamente pronto», destaca Lucía, mi pediatra.

La poda neuronal

En este sentido, habla de «la poda neuronal». Se trata, explica, de un concepto de neurobiología, que indica que durante la infancia, los niños y niñas aprenden de una forma natural todo lo que se les expone y el cerebro empieza a acumular ese aprendizaje.

Pero cuando llega a la adolescencia, el cerebro interpreta que no necesita tanta información para seguir adelante para conformar el «yo adulto». Es decir, no necesita muchos comportamientos infantiles y es cuando se produce «literalmente», una poda neuronal.

«De forma natural ya abandonan comportamientos infantiles y los padres te dicen ‘es que ya no me achucha, ya no viene corriendo, ya no me pide el beso, ya no me pide el cuento de buenas noches’, claro, está abandonando su yo niño, porque se está preparando para el cerebro adulto», explica.

La importancia de los estímulos

No obstante, apunta la divulgadora, la poda se va a producir en función de los estímulos que va a ir recibiendo el cerebro.

«Las conexiones sinápticas se forman en base a los estímulos que recibe», de forma que si, por ejemplo, una niña tiene unos padres autoritarios e inflexibles, que son sus referentes, a lo mejor ve que no es el mejor lugar para conversar o preguntar y va a gestionar sus dudas o sus miedos con otros referentes, como sus amigos, que puede que los valores o las ideas no sean las de un adulto.

«Sin embargo, si tenemos unos padres presentes, disponibles, flexibles, comunicativos, que piden perdón cuando se equivocan, que premian el esfuerzo, son constantes, perseverantes, pero al mismo tiempo son amorosos, que les transmiten que hagan lo que hagan, tienen el amor incondicional de sus padres, pero con límites y reglas (…) la poda va a ir hacia ahí», indica.

Y es que los valores fundamentales de la personalidad de un adolescente «se van a gestar justo ahí», en función de lo que vean y de lo que vivan.

Los límites

Precisamente el tema de los límites es importante.

«Yo siempre pongo el mismo ejemplo, que son las señales de tráfico. ¿Cuando tú vas con el coche por una carretera sin asfaltar, sin señales de tráfico, te sientes insegura, no sabes muy a qué atenerte. Sin embargo, cuando tú circulas por una carretera que está bien asfaltada, con señales (…) vas mucho más seguro, pues es la sensación que tiene un adolescente», afirma.

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EFE/Federico Gambarini

Y tienen que saber cuáles son las consecuencias de sobrepasar esos límites.

En este sentido, advierte de que hay que «elegir bien las batallas, porque no podemos estar poniendo señales continuamente y no podemos vivir en un no continuo».

Pantallas y redes sociales

Entre otras cosas habla en el libro de salud mental en la adolescencia y de todos los riesgos que la acechan. Riesgos como el acoso escolar, la ansiedad, la depresión, los trastornos de la conducta alimentaria, el consumo de alcohol u otras drogas, pero también de las pantallas y las redes sociales.

«Ahora ya lo sabemos, las redes sociales han empeorado la salud de nuestros adolescentes, lo sabemos con muchos datos, por eso hay que intentar exponerles a ellas lo más tarde posible. No tiene ningún sentido que un niño de doce años tenga un perfil de Instagram, de TikTok o de Snapchat», alerta.

La pediatra afirma que el cerebro a estas edades es «tremendamente inmaduro» y se expone a un «algoritmo perverso», que lo único que premia «es la permanencia, dando igual el contenido que estén consumiendo».

Más riesgos

Es una época de riesgos. Parece que no acaba la lista, pero es que hay que tener en cuenta que en esta etapa hay un pico de conductas de riesgo relacionadas con el alcohol, las drogas, con salir por la noche, que los adolescentes, «por la impulsividad que tienen, propia de esta transformación cerebral que sufren, en la que su corteza prefrontal todavía es muy inmadura», no van a tomar decisiones de forma reflexiva, analítica ni tranquila.

Y esas son conversaciones que también hay que tener, porque los adolescentes no tienen ese tipo de conductas por llamar la atención ni por hacer a los padres de rabiar, sino porque su cerebro de momento no está preparado para pensar si algo es peligroso o no».

«El «yo controlo», que es típico del adolescente, requiere de mucha reflexión y hay que decirle: «Vale, cariño, entiendo que tú controles, pero…’no se sube a un coche de nadie que haya bebido o si bebes alcohol no puedes conducir», pone como ejemplo la pediatra.

Son, añade, determinadas líneas rojas «que aunque nos parezcan obvias hay que repetírselas».

Sexo

A juicio de Lucía, mi pediatra, otra de las conversaciones que hay que tener es sobre sexo. La divulgadora es consciente de que a muchas familias «les da pereza abrir este melón», pero hay que hacerlo.

«Y los adolescentes, si tienen información, ese melón lo van a abrir mucho mejor y en mejores condiciones que si van sin ella o con la que han encontrado por ahí», incide.

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EFE/José Manuel Pedrosa.

Pero la educación afectivo-sexual no empieza en la adolescencia, advierte, sino antes, porque para esa etapa «tus hijos ya saben latín y ahí sí que ya vas tarde».

Hay que adelantarse, aclara, con las típicas preguntas que empiezan a hacer los niños que les generan curiosidad.

Si tú a un niño le educas en que detrás de cada una de sus preguntas hay una respuesta, ese niño aprende que en mamá o en papá o en la tía o en el abuelito hay una fuente de información fiable, que no me juzga y que no se ríe de mí y que no me humilla y que no me esquiva las preguntas», opina la pediatra.

La pornografía

Otro de los peligros que se cierne sobre la adolescencia es el consumo de pornografía, que tiene un impacto «tremendamente negativo».

En el caso de los menores, insiste, su cerebro es «tremendamente inmaduro», regido por la por la impulsividad, los estímulos y la «tremenda curiosidad» que tienen por la sexualidad, cuando ni siquiera han tenido ningún contacto sexual, con lo cual convierten esos vídeos de pornografía en «vídeos educativos».

«Convertir la pornografía en educación sexual es el mayor error que se puede producir en nuestros niños, que ellos lleguen a normalizar que ese es el comportamiento normal, que un chico normalice que así es como tiene que tratar a una mujer y que una mujer normalice que así es como se tiene que comportar frente a un hombre es tremendamente dañino», abunda.

Si los niños, por casualidad, se han topado con este tipo de imágenes o porque se lo han mandado los amigos u otras circunstancias que lo hayan desencadenado, hay que hablar con ellos, pero «no hay que echarse las manos a la cabeza ni criminalizar, ni juzgar».

Ante esa situación primero hay que hacerles preguntas para obtener información, tales como ¿sabes lo que es? ¿cómo te ha llegado? ¿lo has buscado tú?, subraya.

Posteriormente, y dependiendo de la edad, se tiene que abordar la conversación de una manera u otra y saber cómo se han sentido.

«Sea cual sea la respuesta de ellos hay que explicarles que la pornografía no es educativa y que no responde a un modelo sano de relación de pareja entre dos personas que se quieren y se respetan», abunda.

No son generaciones de cristal

Y aunque los adolescentes son vulnerables, la pediatra no comparte la idea de aquellos que consideran que esta generación es «frágil», sino que, apunta, lo que ocurre es que no se resigna y no está dispuesta a aguantar cualquier cosa.

«Los veo fuertes, que buscan soluciones (…) otra cosa es que estén más o menos acertados (…) pero eso también forma parte de la adolescencia», concluye Lucía, mi pediatra.

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