Autor: Gregorio Del Rosario

Mamá, me duele la cabeza... papá, me duele la tripita... mamá, me duele la garganta... ¡cof, cof! Seguro que todos recordamos con una sonrisa este tipo de lamentos que susurrábamos con gesto dolorido cuando queríamos faltar al colegio. Nuestro padres nos palpaban la frente -decíamos ¡uf¡, nos tocaban la barriga -decíamos ¡ay!- o nos hacían abrir la boca -decíamos ¡aj, aj, aj!... y, para que se despejaran nuestras dudas, nos colocaban el termómetro en la axila debajo del pijama, la prueba infalible que echaba por tierra todo nuestro teatrillo y nos colgaba la cartera en la espalda...
Conseguir altos niveles de calidad de vida, sobre todo en el campo de la alimentación, de la salud o de la educación, pauta de conducta humana que asimilan los niños y las niñas de sus progenitores o de la sociedad que les rodea, son objetivos básicos que se persiguen con más o menos ahínco a través de la rutina del trabajo; un modelo que muchas veces no es suficientemente comprendido por nuestros hijos pequeños, ya sea por su natural desconocimiento de la realidad o quizá por ser vanguardia evolutiva de la especie, dos buenos motivos que les inclinan hacia una idea de futuro rebosante de ocio y libertad sin yugos o cadenas laborales...