Autor: Gregorio Del Rosario

Mamá, ¿dónde está la "wifi"?... Papá, ¿quién cambia la luz de los semáforos?... Mamá, ¿por qué no podemos viajar a la Luna?...Papa, ¿por qué discutías con mamá?... Es habitual que los niños y las niñas nos pregunten para qué sirve esto, lo otro y lo de más allá; y, a veces, nos tienen tan hartos con sus dudas o sus curiosidades que ni siquiera les contestamos o, si lo hacemos, les respondemos cualquier cosa para salir del paso y que nos dejen en paz. Pero si supiéramos lo importante que pueden llegar a ser nuestras respuestas, "meditaríamos bien qué y cómo les contestamos", ya que esa falta de diálogo o de serenidad puede ocasionar leves pérdidas de confianza que, sumadas, quizá conduzcan a su alejamiento y desafecto en la etapa de la adolescencia...
A nadie le gusta hablar de la muerte y menos aún tratar ese tema con nuestros hijos e hijas. Ni siquiera queremos pensar en ella; preferimos disimular su presencia inmortal, como si sus ojos profundamente negros no existieran. Pero su advenimiento amenazador al intelecto infantil nos enfrenta sin remisión a una "inevitable toma de conciencia", más aún si la muerte se cierne sobre las mujeres, especialmente en su papel maternal, ya que sus estragos, los de la guadaña, encarnan el fin del cariño o del amor y la llegada del desamparo, como pasa en muchos cuentos o en muchas realidades, donde la vida está a merced del capricho de los hombres...
Un día coincidí en el metro -subway, underground, tube- con el pintor hiperrealista español Antonio López. Se sentó a mi lado y no pude evitarlo. Después de presentarme y decirle que era periodista le expuse que siempre había querido saber qué era para él la realidad. Su respuesta me dejó eufórico: "lo que estamos viendo". A l@s niñ@s pequeñ@s, especialmente varones, les resulta extremadamente difícil entender las diferencias entre el sexo masculino y el sexo femenino. Los chicos, aunque hagan verdaderos esfuerzos para ponerse en el lugar de las chicas, suelen acabar claudicando, "abrumados por lo desconocido"...
Cuenta nuestro compañero Íñigo Lapetra, director de comunicación del Consejo General de Enfermería, que empezó a desengrasar su cuerpo cuando tenía treinta y tantos años y tres hijos. Se dio cuenta de que su cintura rebosaba con creces el último agujero de su cinturón, y de que la obesidad estaba ya sentada junto a él en su amado tresillo, devorando un menú rico en calorías, grasas saturadas y azúcar, mientras disfrutaba de otro aburrido partido de fútbol o de la quincuagésima temporada de una serie dramática...