Autor: Gregorio Del Rosario

La muerte nos acecha todo el tiempo. Puede estar aplastando el acelerador de nuestro coche, apremiando el segundero de una mochila en un aeropuerto o viniendo hacia nosotros encaramada a la cresta de una ola, pero su halo oscuro y difuso se hace especialmente negro y puro cuando nuestro cuerpo, ya ajado, y nuestra alma, impotente y temerosa, llega al final de sus días. Quizá, por eso, parezca que los niños no tengan miedo a la muerte o que nunca piensen en su afilada guadaña. No es así. Saben que está ahí, mirándoles fijamente, esperando su oportunidad. Ellos, como los gatos, prefieren pasar de puntillas ante el sufrimiento y disfrutar sin preocupaciones de sus siete maravillosas vidas...
La Degeneración Macular Asociada a la Edad, con sus siglas DMAE, ¡por supuesto!; una enfermedad que afecta progresivamente a nuestros insuperables ojos, a uno o los dos, con la pérdida de visión o de detalle fino de la imagen a causa del daño en la mácula o parte central de la retina, patología que te puede convertir en un discapacitado visual si no se diagnostica a tiempo o no se trata con la delicadeza, el esmero y la precisión de un oftalmólogo especializado...
"Yo la tengo más grande... No, la mía es bestial... Que te crees tú eso, nada como mi tranca"... menos mal que los adultos y los ancianos suelen ser prudentes, aunque todavía los haya exagerados o bravucones, y que los niños, ellos y no ellas, crecen y se desarrollan con ese chip natural de la hombría activado en modo inocencia y con un plus añadido de ignorancia; nivel de su potenciómetro sexual que ridiculiza incluso al macho más dotado para mentir sobre el tamaño real de su 'pirulita'...