Elmo y Ari

Uno de los conceptos más difíciles de inculcar a los niños es el de la espiritualidad, y quizá sea porque para alcanzar a comprender nuestro yo más interior y sus eternas y laberínticas disquisiciones haya que haber experimentado antes el verdadero sufrimiento de la vida, con sus decepciones continuas. No obstante, ellos, niños y niñas, hacen múltiples intentos solidarios de imitar a los padres en aquellas cosas que giran y giran alrededor del alma, aunque por lo general esos conatos más bien externos resulten infructuosos, ya que, a diferencia de los adultos, su única intención es la diversión por la diversión, el aprendizaje, y no la flagelación perpetua de sentirse caídos a los pies de la rutina...
Tenemos la idea de que nuestros hijos son criaturas inocentes y de que serían incapaces de hacer el más mínimo daño a una mosca. Sin embargo, los niños aún no tienen muy clara la noción de lo que es causar dolor a los demás o a sí mismos, ni saben delimitar del todo los límites del peligro: pueden soltarse de nuestra mano repentinamente y cruzar la calle llena de coches que separa el hotel del paseo marítimo; pueden subirse al poyete de la terraza de tu quinto piso para ver mejor el aterrizaje de su avión de juguete; o pueden dar de comer al bebé la leche corporal de un bote olvidado encima de la mesilla de noche... los sustos, cuando no momentos de verdadero pánico, llegan siempre por sorpresa y pueden ser memorables...
Es costumbre entre los adultos dar por hecho o asumido ante los demás nuestros pensamientos, ideas o intenciones, así como el significado de muchas palabras. Los niños, en cambio, son especialistas en no dar por hecho nada de nada, ya que todo es nuevo y extraño para ellos. Buenos ejemplos los encontraríamos en las palabras "pedal, manillar o freno" y también en "las preferentes, cambio de divisas o estafa piramidal"... nuestra más que necesaria curiosidad evitaría descalabros de renombre a nivel mundial...
Si a todos y a todas nos preguntaran para qué sirve un globo infantil, no dudaríamos en contestar que para que los niños lo lleven bien agarrado de su cuerdecita y se diviertan viéndolo bambolear suspendido en el aire; aunque si nos paráramos a pensar un instante, este juego resulta de lo más triste y aburrido; algo así como disfrutar de la Libertad sometidos de manos y pies. Volar y volar sin ataduras es más placentero y más humano; eso sí, salvo que te estrelles contra el libertinaje...
Cuando aparece, sin previo aviso, una secuencia de sexo, más o menos explícito, en una película o en una serie de la televisión que estás viendo con tus hijas e hijos, o cuando tus vecinos retumban su amor a través de las paredes transparentes de tu casa, ellas y ellos detectan automáticamente un nudo en nuestra garganta, como si tuvieran un sexto sentido para notar el estrés de nuestra saliva. Aprovechan cada mínima oportunidad y no paran de preguntar que si esto, que si aquello, que si lo de más allá... Nosotros rehuimos todas las respuestas y, si acaso, contestamos por peteneras...