Familia

Los adultos estamos tan preocupados por ser los primeros en llegar a la meta o de alcanzar nuestro destino cueste lo que cueste, que ya solo disfrutamos viendo pasar la vida de los demás ante nuestros propios ojos; una enfermedad tan histórica como la humanidad que se contagia con el cada vez más tecnológico virus "date prisa", bichito ideológico-electrónico que te impide ver el trasfondo de la pantalla de tu teléfono móvil o saborear la mirada indómita de tu hijo cuando se relame por un helado de chocolate...
Dicen los psicólogos especializados en la memoria infantil que probablemente lo recuerdos más arraigados en un niño o una niña no existan como tales recuerdos, sino como evocaciones generadas a partir de diferentes estímulos sensoriales, una especie de fusión entre imágenes, sonidos, texturas, olores y sabores que llegan a conformar una realidad virtual; proceso cognitivo que se acentúa a medida que esos "recuerdos" provienen de situaciones experimentadas en las etapas más tiernas de la vida, como el debut colegial de un niño de tres años en su primer día de clase, rebosante de nervios, temores y bullicio...
Los padres no queremos inculcar la violencia a nuestros hijos ni a nadie, pero... ¿somos conscientes de las películas que ven o del contenido de los vídeojuegos que les ocupan gran parte de su ocio?; o, si nos atenemos a cuestiones más básicas y reales que determinan su alma de héroe o su corazón de león, ¿somos consecuentes ante lo que ocurre a su alrededor, en un mundo donde un país decide atacar a otro porque cree tener razones poderosísimas, donde la religión se utiliza como excusa para cometer atentados terroristas o donde más de 200 niñas nigerianas llevan dos años secuestradas y doblegadas a la barbarie machista?...
Mamá, me duele la cabeza... papá, me duele la tripita... mamá, me duele la garganta... ¡cof, cof! Seguro que todos recordamos con una sonrisa este tipo de lamentos que susurrábamos con gesto dolorido cuando queríamos faltar al colegio. Nuestro padres nos palpaban la frente -decíamos ¡uf¡, nos tocaban la barriga -decíamos ¡ay!- o nos hacían abrir la boca -decíamos ¡aj, aj, aj!... y, para que se despejaran nuestras dudas, nos colocaban el termómetro en la axila debajo del pijama, la prueba infalible que echaba por tierra todo nuestro teatrillo y nos colgaba la cartera en la espalda...
La edad escolar es un período crucial, de máximo desarrollo intelectual y físico. Anabel Aragón ofrece pautas y consejos para que en esta etapa de consoliden hábitos alimentarios en los pequeños que se mantengan toda la vida....