Hombres

Las parejas con niños que se hayan separado temporalmente o estén divorciadas lo saben muy bien: ¡qué mal lo pasan sus hijos por no tener a su madre y a su padre conviviendo en la misma casa, más aún en vacaciones o en fines de semana; y qué mal lo pasan ellos mismos al ver y sentir esa triste angustia en la 'carita' de sus hijos! Son dos verdades tan duras y difíciles de tragar que normalmente se disimulan tras una gruesa capa de silencios; aunque afortunadamente los niños la agujerean con astucia natural para que ese sufrimiento no se quede estancado en el pozo de los malos recuerdos...
Los adultos inculcamos a los niños, ya sea en el entorno familiar o en el colegio, incluso en la inmensa mayoría de los medios de comunicación, que la violencia y la guerra son malas per se... "estamos hartos de decírselo", grita la escritora Isabel Cañelles; pero la verdad es que los seres humanos somos unos incompetentes y unos torpes a la hora de evitarlas, ya que nuestra respuesta más lúcida hacia la violencia suele ser más violencia; y no solo entre países o culturas diferentes, sino en nuestra opulenta y consumista sociedad democrática o en el mismísimo salón de nuestra casa. De hecho, es algo tan natural en la educación de nuestros hijos desde que nacen, que a veces nos devuelven esta pedagogía con una bofetada de argumentaciones inocentes...
Acaparar la atención y el amor de la madre, o del padre, a modo de Caín y Abel hacia su Dios, es una realidad persistente desde que una mujer, Eva según el Génesis, diera a luz a su segundo vástago; versión 'mini' del sentimiento humano que llamamos celos y que engendra inevitablemente una guerra oculta entre hermanos o hermanas; una serie de batallas casi diarias en el seno familiar que pueden llegar hasta el extremo de que los unos ambicionen que "desaparezcan del mapa" los otros, y eso a pesar de que intuyan que ese deseo es perverso y cruel, lo que les obliga a manifestarlo a través de las más divertidas triquiñuelas...
Los adultos estamos tan preocupados por ser los primeros en llegar a la meta o de alcanzar nuestro destino cueste lo que cueste, que ya solo disfrutamos viendo pasar la vida de los demás ante nuestros propios ojos; una enfermedad tan histórica como la humanidad que se contagia con el cada vez más tecnológico virus "date prisa", bichito ideológico-electrónico que te impide ver el trasfondo de la pantalla de tu teléfono móvil o saborear la mirada indómita de tu hijo cuando se relame por un helado de chocolate...
Dicen los psicólogos especializados en la memoria infantil que probablemente lo recuerdos más arraigados en un niño o una niña no existan como tales recuerdos, sino como evocaciones generadas a partir de diferentes estímulos sensoriales, una especie de fusión entre imágenes, sonidos, texturas, olores y sabores que llegan a conformar una realidad virtual; proceso cognitivo que se acentúa a medida que esos "recuerdos" provienen de situaciones experimentadas en las etapas más tiernas de la vida, como el debut colegial de un niño de tres años en su primer día de clase, rebosante de nervios, temores y bullicio...