Marisol no para porque no parar es clave para su salud, para su salud mental. No le gusta estar en casa, no le gusta estar quieta. “Acabo de abrir la empresa conservera”, dice. ¿Qué? Contesta: “Pues que ahora hago conservas de todo tipo… A ver, tengo en casa seis cajas de fruta que no sé qué hacer con ellas y el fin de semana he estado haciendo mermeladas varias, metiendo peras en almíbar, ciruelas; asando pimientos… No he parado”.
La explicación de por qué tanto empeño en las conservas nos lleva a su huerto, lugar clave en esta historia. Marisol tiene uno en el que, cuando hace buen tiempo, puede pasarse horas y horas sin pensar en nada más que el huerto. “Me aporta paz y tranquilidad, me olvido de que existe un mundo. Puedo pasarme horas aislada, viendo cómo crecen los tomates. Me da tanta felicidad ver cómo está el producto… Y sin echar pesticidas”.
El fallecimiento de su madre
Este viernes, 10 de octubre, será el Día Mundial de la Salud Mental. Por aquí se encuentra el secreto de Marisol, que no es tal. En Astorga la conocen casi todos porque ella habla con casi todos. “Soy una persona activa, me gusta hacer cosas variadas, disfrutar con los amigos, viajar, ir al cine, al teatro, conferencias… Tengo una vida muy activa. Estoy en casa exclusivamente en invierno para leer”, cuenta.
Hija de maestra y de guardia forestal, Marisol viajó por la infancia de pueblo en pueblo hasta que a los 16 se instaló en Astorga con su familia. Dos años más tarde fue a Oviedo a estudiar. Quería dedicarse a la enseñanza, seguir los pasos de su madre, a quien admiraba.
Como profesora de francés en secundaria, ha trabajado en escuelas de las provincias de Segovia, Ávila o León. “He recorrido muchos sitios. Creo que se nota porque no puedo estar mucho tiempo en el mismo lugar y porque me relaciono bien con la gente”, apunta.
Recuerda con cariño a sus alumnos y alumnas adolescentes, edad compleja que ella logró gestionar mediante la empatía, pero no recuerda con cariño las horas infinitas trabajando. Jubilarse fue, en parte, una liberación.

En parte. Tres meses después de poner fin a su vida laboral, la salud de su madre se complicó a raíz de una operación que, en principio, no daría malas noticias. “Pero no fue bien, le tocaron los riñones y a partir de ahí, empezó a tener problemas, así que tuve que dedicarme a ella. Al comienzo estuvo bien, salíamos a pasear por Astorga y yo le decía que me alegraba de no tener que encerrarme en el estudio a preparar las clases”, rememora Marisol.
La vida de su madre se fue apagando. “Ya estando en el hospital nos dijeron que fuéramos a despedirla porque se iba a morir, pero no murió y le dieron el alta. Yo firmé un papel diciendo que me la traía a casa porque estaba sufriendo mucho y no tenía sentido; firmé que no volvía al quirófano, no merecía la pena. Duró un año en casa, tranquila, con la cabeza bien, viendo la tele, pero fue un momento muy duro”.
Hizo terapia y tratamiento. “Fui a una psicóloga que me dijo que había pasado el duelo antes de que se muriera porque como me decían que se iba a morir… Yo la despedía, pero luego remontaba”. Cayó Marisol, su ánimo, de repente ella sola, la casa vacía. Gracias a una psicóloga y una psiquiatra, y gracias a su determinación, lo superó.
Viajar para “recuperar el tiempo perdido”
Tras fallecer su madre, Marisol tomó una decisión. “No me quedé en casa. Empecé a viajar, a salir con los amigos… Claro, tenemos una ventaja mis amigos y yo, que muchos estamos solteros y solteras… Tenemos todo el tiempo para nosotros. Entonces, que si viajamos, que si salimos, que si organizamos una marcha… Siempre hay alguien que puede”.
Sus viajes merecen un par de párrafos más largos. “Viajé mucho cuando trabajaba, pero de repente, esas cosas que pasan, cogí miedo al avión, así que estuve unos 20-25 años sin viajar en avión. Me iba a Francia en tren, por España viajaba en tren. Pero después del fallecimiento de mi madre, hace tres años en concreto, me diagnosticaron un cáncer de colon. Me operaron, era joven, tenía salud, me lo quitaron. Y entonces pensé: tengo miedo al avión cuando me puedo morir de cualquier cosa. Se acabó. Y empecé a viajar”.
«Nunca digo que no (a los planes con sus amigos) porque en casa ya podré hacer cosas cuando sea, pero estar con amigos y charlar, eso no se puede hacer siempre»
Dice entre risas que sus amigos comenzaron a bromear. “Te has vuelto loca con eso de viajar”, le decían. Ella lo explica así: “Pero es que perdí mucho tiempo. Quería recuperar ese tiempo. Desde que me jubilé he viajado a Escocia, a Roma, a Budapest, uh, no sé, a muchos sitios que ni me acuerdo”. Que se vaya unas semanas de invierno a La Palma junto a su hermana es casi anecdótico. Porque en unos días irá Sri Lanka y el año que viene a Vietnam y a Camboya. Dará por terminado el periplo asiático tras haber visitado India hace unos años. Uzbekistán será su destino en mayo.
Sin tiempo. Con risa
Sus días en Astorga no pisan aeropuertos ni ciudades lejanas. Pisan cafeterías, restaurantes, el jardín, el paseo de la muralla. Su huerto. El único cine. O el cineclub que han formado. Haya amigos o no en esta ciudad de unos 10.000 habitantes, nunca está sola. “Es que si coincide que no están los amigos y me ven sola en un bar tomando una cervecita, pues nada más entrar, al instante, alguien que te conoce te dice ‘¿estás sola? Ni hablar’”. Vivir en Astorga ayuda, en este sentido. “No es como en una ciudad, que tardas en coger transporte”, puntualiza.
Pero el ánimo es lo más importante, las ganas de vivir, de hablar. “Siempre me lío haciendo cosas. O me llama alguien para tomar un vino, o para que vaya a cenar… O me llaman del pueblo de mis padres que están organizando una comida en una bodega… Nunca digo que no porque en casa ya podré hacer cosas cuando sea, pero estar con amigos y charlar, eso no se puede hacer siempre”.
El tiempo se difumina en la vida de Marisol. Puede hacerlo, tiene esa suerte. Y quiere hacerlo. “Cuando trabajaba, me pasé toda la vida sujeta a unos horarios rígidos, pero ahora me llaman y me proponen salir o tomar algo y me voy. Prefiero ese rato de charla. No soporto el horario rígido, no puedo; me gusta hacer cosas de todo tipo sin mirar el reloj”, explica.
Cuando Marisol cuenta su vida, suele reírse. Ni sombra de drama, ni siquiera cuando retrocede a los peores momentos. ¿Te ves bien, no, Marisol? “Pues sí, me veo bastante bien”. Y ríe.



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