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EFE/Nic Bothma

Cuando la vergüenza a mostrar el cuerpo pesa como una losa en la adolescencia

La adolescencia es una etapa del desarrollo con muchos cambios, tanto físicos, como psicológicos y sociales, en la que es normal hasta cierto punto que los menores tengan vergüenza a mostrar su cuerpo. El problema se agrava cuando ese sentimiento se amplifica tanto que les impide llevar una vida con normalidad, les hace evitar o escapar de situaciones donde se pueden mostrar. Una losa que pesa mucho más por las redes sociales y que se agudiza en verano.

La vicepresidenta de la sección de Infancia y Adolescencia de la Asociación Española de Psicología Clínica y Psicopatología (AEPCP), Amaia Izquierdo, explica a EFE Salud que la adolescencia es una fase en la que se respira inseguridad, vulnerabilidad, momentos de introspección, donde los menores buscan la construcción de su propia identidad.

Las identidades virtuales

Un periodo en el que se produce una diferenciación progresiva de los padres y una búsqueda de autonomía, muy centrado en los iguales, en los amigos.

«Partiendo de esa base, de ese momento del desarrollo que siempre ha existido, quizás en las últimas décadas sí que se están dando otros fenómenos que complejizan este proceso», reflexiona Izquierdo.

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EFE/PABLO R. SECO

La causa es que ahora esos iguales, esos amigos, en muchas ocasiones son una comparación ascendente, no con iguales sino con identidades virtuales en las redes sociales, modificadas con filtros, mostrándose en fotos preparadas al milímetro y que poco tienen que ver con la realidad.

«El modelo, el marco externo de referencia va a ser un modelo excesivamente perfecto, idealizado muchas veces ¿Y qué ocurre? Que uno piensa que no es lo suficientemente bueno en comparación con el otro para mostrarse de una forma mínimamente segura», abunda la psicóloga clínica.

Las ‘red flags’

Es habitual que en la adolescencia se sienta cierta vergüenza a mostrar el cuerpo pero hay unas banderas rojas que indican que algo no va bien.

«Deja de ser normal cuando aparece una renuncia. Cuando deja de ir a la piscina porque se tiene que poner en bañador, o porque no quiere ir al campamento con sus amigos, en definitiva cuando empieza a renunciar a cosas de su día a día», subraya Izquierdo.

También cuando buscan de forma compulsiva formas de cambiar, cuando verbalizan cosas negativas sobre ellos mismos o sobre su imagen.

«No solamente que hay una evitación a mostrar, sino que, además, ocurre en todos los aspectos de su vida, empiezan a aislarse no solamente a nivel social, también familiar. No quieren salir de la habitación», abunda la psicóloga.

Incluso cambian las fases de sueño, por el día duermen y por la noche están activos para no mostrarse.

Todo ello con un conducta irritable, de llanto «más allá de lo propio de la adolescencia», etapa en la que es normal que puedan estar más ariscos, más «en modo erizo».

Cuando hay sufrimiento y perturbación intensa también habría que valorarlo.

Aumento de los trastornos de la conducta alimentaria

Otra de las señales de alarma que es evidente es cuando hay cambios corporales significativos, dejan de comer o reducen la ingesta o hacen ejercicio de forma compulsiva.

Son situaciones que pueden derivar en un trastorno de la conducta alimentaria, un problema que cada vez se da a una edad más temprana, sobre todo en el género femenino.

Las redes, como comentaba la psicóloga clínica, han tenido un papel muy importante a la hora de que los adolescentes tengan aun más vergüenza a mostrar sus cuerpos, porque además de las imágenes retocadas en las que se fijan, ellos mismos modifican también sus fotos y se construyen su propia identidad virtual.

¿Qué ocurre entonces? Que esa huella digital que dejan en las redes no se corresponde con la realidad, y cuando tienen que mostrarse ante sus amistades a las que por ejemplo llevan tiempo sin ver, como los grupos de verano, sienten vergüenza y miedo a hacerlo.

«Llego ante ellos y no soy yo. Hay una distorsión, mucha disonancia entre la imagen real y la virtual», sostiene la psicóloga.

El verano, un época difícil

El verano es una época especialmente complicada. En este sentido, la psicóloga de Blua de Sanitas, Silvia Mérida, coincide en que enseñar el cuerpo puede dejar de ser un gesto cotidiano y convertirse en fuente de tensión.

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Varios jóvenes disfrutan en las piscinas municipales Sant Jordi en Montjüic, EFE/ Andreu Dalmau

“En muchos jóvenes, la presión no aparece únicamente por el cuerpo que tienen, sino por la distancia que perciben entre su imagen y el ideal que creen que deberían alcanzar. Las redes sociales muestran cuerpos muy seleccionados, con luz, postura, edición o incluso completamente fabricados, pero el cerebro los recibe como referencias reales, válidos y alcanzables», subraya Mérida en un comunicado.

En el mismo sentido se pronuncia Izquierdo ya que es una construcción de uno mismo que «de alguna manera tiraniza».

La responsabilidad de los adultos

Los adultos también pueden hacer cosas que refuercen esta insatisfacción y distorsión con la imagen corporal.

Hablar sobre el cuerpo y juzgarlo es algo habitual y aceptado social y culturalmente, a pesar de sus efectos negativos para la adolescencia, ya que, entre otros, agrava su emocionalidad negativa a mostrar el cuerpo o sentir que es algo que exponer y juzgar.

«Se habla y se juzga», sentencia Izquierdo.

Los adolescentes, incluso la infancia, no son ajenos a esas conversaciones, porque las escuchan y las procesan como válidas y naturales.

Se habla de si está delgada o delgado, si ha cogido unos kilos, de si tiene las piernas gordas, de si tiene barriga, pero, se pregunta la psicóloga de la AEPCP ¿por qué no podemos hablar de un cuerpo funcional?

«De un cuerpo que me permite nadar, me permite disfrutar, hacer marchas en verano en lugar de esa presión estética, yo diría violencia estética», reflexiona Izquierdo, quien muestra preocupación porque en el caso de los menores, no están preparados para esa presión.

El algoritmo siempre gana

De hecho, esa presión, esas dosis de insatisfacción empiezan a aparecer en la infancia. Desde etapas muy infantiles se comercializan y viralizan productos de skincare, que incluso se venden como rituales de “amor propio” o la tendencia de poner filtros en las fotos infantiles “para mejorarlas”.

Esa creencia, prosigue la psicóloga clínica, de no ser suficiente tal y como uno es, de «si se quiere se puede llegar a alcanzar el estándar de belleza perfecto, de fijarse en un aspecto de su físico particular en vez de el bienestar global y que los algoritmos de las redes propician».

«Y el algoritmo siempre gana», lamenta Izquierdo.

Para tratar de evitar este tipo de situaciones, el apoyo de la familia es fundamental.

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EFE/EPA/SHAWN THEW

No hablar precisamente del propio cuerpo desde una perspectiva estética y sí acercarse a los hijos validando ese sufrimiento y esa emoción, «pero también construyendo una opinión crítica ante el modelo imperante».

Tratar de que la adolescencia -y la infancia- salga de esos estándares físicos, esquivar el «tú vales, tú no vales» para que no tengan vergüenza patológica a mostrar su cuerpo. Que los chavales y chavalas hagan actividades creativas relacionadas con el arte y también con el deporte, pero de forma sana, no compulsiva.

«Ir buscando sintonías, momentos de acompañar. Pero si vemos que no mejora, que esto no cambia, lo recomendable sería acudir a su pediatra en caso de que sean más pequeños, o a su médico de primaria, si son más mayores para que puedan derivarles a Salud Mental», aconseja la psicóloga de la AEPCP.

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