Autor: Gregorio Del Rosario

¡Papá, pis! y ¡mamá, caca!, ¡me lo hago encima!, son dos frases que nos hacen torcer el gesto a los adultos cuando las escuchamos fuera del hogar familiar. Después de suspirar profundamente, buscamos con urgencia un bar, el hueco entre dos coches o un sufrido árbol. Tener niños significa habituarse a tratar con todo ese tipo de aspectos fisiológicos, máxime si son repentinos; crudeza que solemos ignorar a pesar de que hayamos tenido la cierta e ingrata experiencia de haber cambiado pañales y más pañales desde que vinieron a este mundo real. En cambio, para ellos y ellas resulta algo natural, ya que tienen una relación mucho más franca y sana con su cuerpo... hasta que les toca el papel de padres...
Tienen ojos de búho, orejas de elefante, olfato de sabueso y lengua de serpiente. Niñas y niños son "los animales" más observadores, curiosos y descarados de la naturaleza; y tienen a sus madres y a sus padres en el punto de mira, "perfectamente calados", aunque disimulen y los adultos vivamos en la inocencia de creer que no se enteran de la misa la media. Es más, su forma de expresar lo que piensan de nosotros o de su entorno es tan sorprendente como certera. Nos pueden dejar sin palabras en un santiamén de segundo; de argumentos, ni hablamos...
Uno de los conceptos más difíciles de inculcar a los niños es el de la espiritualidad, y quizá sea porque para alcanzar a comprender nuestro yo más interior y sus eternas y laberínticas disquisiciones haya que haber experimentado antes el verdadero sufrimiento de la vida, con sus decepciones continuas. No obstante, ellos, niños y niñas, hacen múltiples intentos solidarios de imitar a los padres en aquellas cosas que giran y giran alrededor del alma, aunque por lo general esos conatos más bien externos resulten infructuosos, ya que, a diferencia de los adultos, su única intención es la diversión por la diversión, el aprendizaje, y no la flagelación perpetua de sentirse caídos a los pies de la rutina...