Autor: Gregorio Del Rosario

Tienen ojos de búho, orejas de elefante, olfato de sabueso y lengua de serpiente. Niñas y niños son "los animales" más observadores, curiosos y descarados de la naturaleza; y tienen a sus madres y a sus padres en el punto de mira, "perfectamente calados", aunque disimulen y los adultos vivamos en la inocencia de creer que no se enteran de la misa la media. Es más, su forma de expresar lo que piensan de nosotros o de su entorno es tan sorprendente como certera. Nos pueden dejar sin palabras en un santiamén de segundo; de argumentos, ni hablamos...
Uno de los conceptos más difíciles de inculcar a los niños es el de la espiritualidad, y quizá sea porque para alcanzar a comprender nuestro yo más interior y sus eternas y laberínticas disquisiciones haya que haber experimentado antes el verdadero sufrimiento de la vida, con sus decepciones continuas. No obstante, ellos, niños y niñas, hacen múltiples intentos solidarios de imitar a los padres en aquellas cosas que giran y giran alrededor del alma, aunque por lo general esos conatos más bien externos resulten infructuosos, ya que, a diferencia de los adultos, su única intención es la diversión por la diversión, el aprendizaje, y no la flagelación perpetua de sentirse caídos a los pies de la rutina...
Tenemos la idea de que nuestros hijos son criaturas inocentes y de que serían incapaces de hacer el más mínimo daño a una mosca. Sin embargo, los niños aún no tienen muy clara la noción de lo que es causar dolor a los demás o a sí mismos, ni saben delimitar del todo los límites del peligro: pueden soltarse de nuestra mano repentinamente y cruzar la calle llena de coches que separa el hotel del paseo marítimo; pueden subirse al poyete de la terraza de tu quinto piso para ver mejor el aterrizaje de su avión de juguete; o pueden dar de comer al bebé la leche corporal de un bote olvidado encima de la mesilla de noche... los sustos, cuando no momentos de verdadero pánico, llegan siempre por sorpresa y pueden ser memorables...