Los adultos estamos tan acostumbrados a mentir a los niños que si contáramos el número de veces que lo hacemos al cabo del día, las semanas o los meses, no podríamos siquiera escribir esa cifra juntando todos los dedos de las manos y de los pies; y aunque siempre damos por hecho de que lo hacemos por su bien, hay situaciones en las que deberíamos pensar nuestra respuesta con más y mejor tino, ya que el engaño piadoso, cuando no una mentira absurda, puede resultar fatal para su bienestar futuro, máxime si esa media verdad está íntimamente relacionada con la ilusión del amor o la felicidad...