Autor: Gregorio Del Rosario

Suele pasar con los familiares más cercanos y las amistades, y también con los compañeros de trabajo, los vecinos y todo tipo de ciudadanos, pero cuando los niños se enfadan a rabiar con su padre o su madre, o con los dos a un tiempo, a veces se enojan tanto que dicen auténticas barbaridades emocionales; dardos envenenados que atraviesan hasta tal punto el corazón de sus progenitores que las lágrimas de amor se transforman en carcajadas de payaso...
Los adultos estamos tan acostumbrados a mentir a los niños que si contáramos el número de veces que lo hacemos al cabo del día, las semanas o los meses, no podríamos siquiera escribir esa cifra juntando todos los dedos de las manos y de los pies; y aunque siempre damos por hecho de que lo hacemos por su bien, hay situaciones en las que deberíamos pensar nuestra respuesta con más y mejor tino, ya que el engaño piadoso, cuando no una mentira absurda, puede resultar fatal para su bienestar futuro, máxime si esa media verdad está íntimamente relacionada con la ilusión del amor o la felicidad...
Si nos atenemos a las dimensiones del Universo, que es infinito, podríamos asegurar que cada ser humano es lo que un grano de arena a una playa caribeña, es decir, que si nos miramos el ombligo muy de cerca, incluso al microscopio, podríamos observarnos ciertas diferencias con los demás; y si nos curioseamos desde muy lejos, incluso con un gran telescopio, comprobaríamos, siempre y cuando consiguiéramos encontrarnos entre tanta inmensidad, que somos prácticamente como una partícula de nada; y sin embargo, todos queremos ser la luz más brillante del firmamento desde que nuestra madre dice: "Estoy embarazada"...