Esta común distorsión perceptiva, la pareidolia, puede darse en toda clase de elementos, como nubes de formas caprichosas o en formaciones rocosas, como las de la Ciudad Encantada de Cuenca que representan figuras reconocibles.
El cerebro humano lleva asociando estas formas desestructuradas con objetos reconocibles desde hace miles de años.
Los expertos del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Miriam Caro y Emilio Tejera explican, en un artículo publicado en el blog «Ciencia para llevar» de este organismo, que la tendencia humana a percibir más de lo que realmente existe podría explicar por qué los antiguos homínidos hallados en el yacimiento de Makapansgat, en Sudáfrica, se sintieran atraídos por un guijarro de la zona que, de forma natural, se asemeja a un rostro.
Aunque en sus inicios la pareidolia se vinculó con trastornos mentales, hoy se reconoce como un fenómeno común en el ser humano desde la infancia. Es el principio en el que se basa el test de Rorschach, la técnica que analiza la personalidad a través de la interpretación de figuras, y también el diseño de los emoticonos.
Según los autores del CSIC, su influencia se extiende al arte, la educación y la medicina y ha convertido en atractivos turísticos a lugares como la Ciudad Encantada de Cuenca.

Explicación científica de este fenómeno
La neurociencia ha demostrado que, durante la pareidolia, el cerebro activa las mismas áreas que al reconocer formas reales, aunque con una ligera demora. Según los autores, los estudios confirman que cada persona percibe imágenes distintas, pero estas se mantienen en el tiempo tras ser señaladas.
Este fenómeno, compartido con otras especies, puede verse afectado por el embarazo o trastornos neurodegenerativos, lo que podría ayudar en su diagnóstico y tratamiento, según los autores del CSIC.
La tendencia a ver formas responde a la necesidad del cerebro de simplificar el entorno, como explica la corriente psicológica de la Gestalt, que defiende que los elementos visuales deben ser lo más simples posible para que sean fácilmente percibidos.
Además, según los autores, el cerebro parece predispuesto a «completar» imágenes y reconocer rostros a partir de elementos aislados, especialmente similares a ojos.
La pareidolia proviene de la apofenia
La pareidolia forma parte de un concepto más amplio denominado apofenia, la tendencia a percibir patrones en datos aleatorios. Para los autores, evolutivamente fue crucial para detectar depredadores o interpretar el estado mental de otros a partir de señales sutiles, como el movimiento o la forma de unos ojos.
Esta capacidad ha influido en la cultura humana, desde la creación de constelaciones hasta la interpretación paranormal de eventos.
Como aseguran dichos autores, la ciencia también se basa en reconocer patrones, con una diferencia clave: en lugar de aceptar nuestras primeras impresiones, busca evidencia que valide o descarte esas conexiones.



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