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Vista de el mobiliario arruinado del colegio Larrodé en Catarroja, Valencia este martes, una de las localidades más afectadas por las inundaciones. EFE/ Chema Moya

Cómo ayudar a los menores a afrontar la muerte de un ser querido a causa de la dana

La dana que ha asolado varios pueblos de Valencia y Castilla-La Mancha, dejando devastación a su paso, pueden causar efectos psicológicos en los menores, en especial si han sufrido la muerte o desaparición de un ser querido. Una guía del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid ofrece pautas para este complicado momento y también para dar seguridad a los pequeños afectados.

Este documento, coeditado por el citado Colegio y la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), pretende ayudar a las familias para que los menores se sientan seguros y protegidos física y psicológicamente tras las inundaciones de la dana y con el objetivo de contribuir a mitigar su malestar emocional, sobre todo si la muerte ha afectado a su entorno familiar y social.

Para los pequeños y adolescentes puede resultar muy estresante cualquier fenómeno producido por la naturaleza, “como una tormenta que retumba y produce un apagón o rompe el cristal de una ventana”, señala la guía.

Comunicar la muerte por la dana a los menores

Los menores de 6 años todavía no entienden el significado de la muerte y, aunque hay distintas situaciones provocadas por los efectos de las inundaciones de la dana, los psicólogos ponen un ejemplo:

“Cariño, tengo que decirte algo. O tengo que contarte algo muy importante. El abuelo ha muerto. La tormenta fue muy, muy, muy grande y llovió mucho, mucho, mucho. Tanto que la calle se llenó de agua y no se podía caminar. El agua con su enorme fuerza arrastró a muchas personas, la corriente también arrastró al abuelo.

«El cuerpo del abuelo ha dejado de vivir. Cuando alguien muere su cuerpo deja de funcionar. Se detiene “del todo”. Ya no podrá moverse, ni comer, ni hablar, ni respirar, ni estar con nosotros. Vamos a echar mucho de menos al abuelo y durante un tiempo estaremos tristes. Aunque ya no podamos verle, estará siempre en nuestro corazón, nunca le olvidaremos y no dejaremos de quererle. Podemos hablar de él siempre que quieras o lo necesites”.

Enfatizar la palabra “del todo” para disipar cualquier esperanza de que volverá. Usar múltiples “muy” y “mucho” les ayuda a entender que ha sido una situación muy excepcional.

En el caso especial de la muerte de los dos progenitores: es esencial transmitir tranquilidad, protección y afecto con una frase como: “Aunque tus papas ya no están, estoy aquí contigo, o estamos aquí contigo, y siempre te vamos a querer y cuidar. Seremos una familia y estaremos bien. Siempre recordaremos a tus papás, les compraremos flores y hablaremos mucho de ellos”.

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Destrozos en el cementerio de la localidad de Alfafar, en Valencia, tras la dana. EFE/Kai Försterling

Qué NO debemos decir

  • Evitar explicaciones llenas de detalles, o excesivamente largas, que confunden más a los niños y niñas, abriéndoles nuevos interrogantes.
  • Evitar explicaciones sobre situaciones sobrecogedoras, podría producir un impacto emocional aterrador con consecuencias inmediatas físicas y psicológicas como: terrores nocturnos y diurnos, pesadillas, diarrea, vómitos, ansiedad de separación, fiebre, etc.
  • Evitar el uso de eufemismos, como “El abuelo está de viaje” o “Se ha ido” o “Está durmiendo” o “Se ha perdido”. Este tipo de expresiones podrían aumentar su temor a ser abandonados, o a que otras personas fallezcan, o a perderse ellos mismos y no ser encontrados.
  • Para niños mayores de 6 años, que ya pueden entender mejor el concepto de muerte, es importante recordarles que siempre que lo necesiten contarán con nuestra ayuda y cariño y conviene evitar frases como “Sí tu padre viviera, le gustaría que fueras la primera o el primero de la clase” o “Ahora eres el hombre o la mujer de la casa”, o “Ahora nos tienes que cuidar a todos”.

Qué debemos hacer

  • La noticia debe comunicarse lo antes posible. No esperar días, semanas, o a la finalización de los ritos funerarios. Retrasar esta información podría dificultar su propio proceso emocional.
  • Siempre que sea posible la noticia debe ser transmitida por personas queridas y cercanas a los niños, que tengan contacto frecuente.
  • Se recomienda buscar o crear un espacio tranquilo, acogedor, y dirigirse al niño o niña con delicadeza, en un tono sereno, que trasmita paz y confianza.
  • No es necesario dar a los niños toda la información de una vez. Podemos empezar explicándoles lo que consideremos más importante y más adelante podemos ir agregando detalles, según sea necesario o cuando los niños hagan preguntas o expresen sus dudas.
  • Es muy importante que los niños sepan cómo van a vivir a partir de la pérdida, como serán las rutinas que les dan seguridad y les ayudan a comprender su entorno. Por ejemplo, donde van a vivir, si habrá cambio de colegio, o quien irá a recogerlos, donde van a comer, si podrán ir al parque, etc.
  • Facilitar que expresen lo que sienten y piensan, cada niño o niña tiene su propia forma de reaccionar ante el impacto de la noticia. Es normal si muestran pena, lloran, se asustan, gritan, se tiran al suelo, o se quedan en shock, paralizados. Estas reacciones se consideran normales, y no necesariamente han de manifestarse en todos los menores.
  • Cuando los eventos son accidentales, no intencionados, pueden tener un efecto protector ante los traumas. Culpar a otras personas podría agravar el impacto de la noticia en los niños y niñas, pues los acontecimientos traumáticos cuando son provocados por otros seres humanos pueden aumentar la probabilidad de desarrollar trastornos como el estrés postraumático.

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EFE/Miguel Gutiérrez

¿Deben participar en los actos funerarios?

Según la “Guía de ayuda psicológica para niños, niñas y adolescentes afectados por la dana” del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid, los estudios sobre el duelo en los menores recomiendan no dejarlos de lado ante una situación tan especial y familiar.

Si no se les permite formar parte de esta experiencia, estaremos negándoles la oportunidad de despedirse de la persona que han perdido. Los rituales pueden ayudarles a comprender mejor la muerte y a no albergar la esperanza de que la persona fallecida pueda volver, facilitándoles así la comprensión y aceptación de la pérdida.

Según algunas investigaciones, la edad mínima recomendada es a partir de los 6 años.

En cuanto a si es conveniente que vean o no el cuerpo de la persona fallecida, si los niños y niñas lo desean pueden verlo, pero debe hacerse en compañía de un familiar o alguien cercano. Es esencial asegurarse previamente de que el estado del cuerpo o la expresión facial del fallecido no asustará, o impresionará excesivamente a los menores, o incluso a los adultos.

Dar seguridad y confianza ante una crisis natural

Aunque no hayan sufrido pérdidas, los pequeños y los adolescentes se han visto afectados por una catástrofe natural que ha alterado su vida. Aunque es una constante durante la infancia, sentir seguridad, cariño y protección se acrecienta en situaciones de crisis naturales.

“Para los más pequeños la máxima seguridad está representada por la presencia de sus progenitores, o de sus figuras de referencia, como familiares, allegados, o personas conocidas”, apunta la guía en unas recomendaciones generales.

En los casos en que los menores se encuentren al cuidado puntual de personas extrañas o desconocidas, “no hay que alarmarse pensando que esta situación puede tener consecuencias traumatizantes graves para los niños, o que van a sentir que no se les quiere o que han sido abandonados”.

Estas experiencias también pueden aportar beneficios como, por ejemplo, disponer de cierta estructura en medio del caos, amortiguación del impacto emocional de la situación, o prevención de síntomas postraumáticos futuros. La compañía de otros niños, aunque sean extraños también les puede ayudar.

Pautas

  • Transmitir calma y evitar perder el control emocional en presencia de los niños.
  • Permitir que expresen sus temores, haciéndoles saber que es normal sentir miedo o estar triste.
  • Favorecer la regulación de las emociones a través del juego y el dibujo.
  • Intentar establecer alguna rutina y darles pequeñas tareas o responsabilidades.
  • Reforzar cualquier conducta de solidaridad o apoyo.
  • Promover la esperanza de que la situación se solucionará.

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