Elmo y Ari

Seguro que nadie se extraña al escuchar ese tono de voz impersonal, ni de hombre ni de mujer, entre falso y afectado, que suelen poner algunas personas cuando preguntan a los niños, de manera estúpida y sin rubor, sobre asuntos que conciernen a los adultos; como por ejemplo... ¿qué quieres ser de mayor, Elmo? Aunque sea raro, a veces se ganan una respuesta infantil de igual altura de miras que les deja con la hipocresía desparramada por el suelo...
Si los varones sienten pánico natural ante la sola idea de perder el pene, inequívocamente por su rol sexual o por la privación de su capacidad reproductiva, quedarse sin falo va mucho más allá si se tiene en cuenta el miedo que se apodera de los hombres ante el hecho de la supremacía biológica de la mujer; explicación psicológica que se suma a la ausencia generalizada de una educación basada en la total y plena libertad de los seres humanos, a las evidentes desigualdades sociales que sufren las mujeres y al sempiterno machismo que cala, neurona a neurona, entre los niños y las niñas...
Las conversaciones rutinarias de los niños o sus diálogos con los padres, familiares y amiguitos, suelen estar vinculadas a las cosas y a las personas que les rodean; es propio del desarrollo infantil. Pero alguna de sus reflexiones más íntimas, cuando no la verbalización espontánea de un pensamiento, basta un desencadenante perturbador o impresionante, pueden sorprender tanto a los adultos que nos hacen cuestionarnos si su mente es tan inocente como creemos o nos han contado...
Suele pasar con los familiares más cercanos y las amistades, y también con los compañeros de trabajo, los vecinos y todo tipo de ciudadanos, pero cuando los niños se enfadan a rabiar con su padre o su madre, o con los dos a un tiempo, a veces se enojan tanto que dicen auténticas barbaridades emocionales; dardos envenenados que atraviesan hasta tal punto el corazón de sus progenitores que las lágrimas de amor se transforman en carcajadas de payaso...
Los adultos estamos tan acostumbrados a mentir a los niños que si contáramos el número de veces que lo hacemos al cabo del día, las semanas o los meses, no podríamos siquiera escribir esa cifra juntando todos los dedos de las manos y de los pies; y aunque siempre damos por hecho de que lo hacemos por su bien, hay situaciones en las que deberíamos pensar nuestra respuesta con más y mejor tino, ya que el engaño piadoso, cuando no una mentira absurda, puede resultar fatal para su bienestar futuro, máxime si esa media verdad está íntimamente relacionada con la ilusión del amor o la felicidad...