Familia

Estamos viendo por la televisión o por internet cómo millones de 'moviladictos' persiguen a los escurridizos y virtuales Pokémon Go por todo el mundo. Ellos y ellas dicen que están jugando, que solo es un entretenimiento, pero cabría pensar si una gran mayoría pretende cruzar esa frontera difusa entre la realidad y la ficción para escapar definitivamente a la rutina de las obligaciones terrenales. En esta vieja dimensión, reinventada ahora en una nube de billones de microdatos, es muchísimo más fácil la transmutación y vivir las fantasías más inverosímiles. Hace muy pocos años la gente se conformaba con parecerse a Indiana Jones... ¿o era a Harrison Ford?...
Perros, gatos, pájaros, conejos, hámsteres, comadrejas, serpientes, tarántulas y, si les dejáramos, hasta elefantes. Existe, ha existido y existirá siempre el debate familiar, hasta que los animales digan ¡Basta!, de si es conveniente o no tener una mascota en casa, ya sea para acompañar a los hijos únicos, para atemperar las disputas entre hermanos y hermanas o simplemente para cerrar el círculo imaginario de un hogar feliz: el padre, la madre, los hijos, la perrita... y un crustáceo de río...
Los adultos ejercemos de padres y los niños de hijos, pero a veces intercambiamos esos papeles y son ellos los que nos recuerdan la insensatez de algunos de nuestros hábitos más rutinarios; por ejemplo, cuando enjuician con voz franca y directa nuestras adicciones mortales al tabaco y al alcohol o nuestro gusto insaciable por alimentos insanos, un combinado enfermizo de azúcar y grasas saturadas. Esos momentos de incoherencia absoluta se pueden convertir, si reaccionamos con diálogo y autocrítica, en la clave del respeto y de la convivencia en el seno de la familia. El otro camino lleva a su muerte segura...
La muerte nos acecha todo el tiempo. Puede estar aplastando el acelerador de nuestro coche, apremiando el segundero de una mochila en un aeropuerto o viniendo hacia nosotros encaramada a la cresta de una ola, pero su halo oscuro y difuso se hace especialmente negro y puro cuando nuestro cuerpo, ya ajado, y nuestra alma, impotente y temerosa, llega al final de sus días. Quizá, por eso, parezca que los niños no tengan miedo a la muerte o que nunca piensen en su afilada guadaña. No es así. Saben que está ahí, mirándoles fijamente, esperando su oportunidad. Ellos, como los gatos, prefieren pasar de puntillas ante el sufrimiento y disfrutar sin preocupaciones de sus siete maravillosas vidas...
"Yo la tengo más grande... No, la mía es bestial... Que te crees tú eso, nada como mi tranca"... menos mal que los adultos y los ancianos suelen ser prudentes, aunque todavía los haya exagerados o bravucones, y que los niños, ellos y no ellas, crecen y se desarrollan con ese chip natural de la hombría activado en modo inocencia y con un plus añadido de ignorancia; nivel de su potenciómetro sexual que ridiculiza incluso al macho más dotado para mentir sobre el tamaño real de su 'pirulita'...