Hombres

Los padres no queremos inculcar la violencia a nuestros hijos ni a nadie, pero... ¿somos conscientes de las películas que ven o del contenido de los vídeojuegos que les ocupan gran parte de su ocio?; o, si nos atenemos a cuestiones más básicas y reales que determinan su alma de héroe o su corazón de león, ¿somos consecuentes ante lo que ocurre a su alrededor, en un mundo donde un país decide atacar a otro porque cree tener razones poderosísimas, donde la religión se utiliza como excusa para cometer atentados terroristas o donde más de 200 niñas nigerianas llevan dos años secuestradas y doblegadas a la barbarie machista?...
Mamá, me duele la cabeza... papá, me duele la tripita... mamá, me duele la garganta... ¡cof, cof! Seguro que todos recordamos con una sonrisa este tipo de lamentos que susurrábamos con gesto dolorido cuando queríamos faltar al colegio. Nuestro padres nos palpaban la frente -decíamos ¡uf¡, nos tocaban la barriga -decíamos ¡ay!- o nos hacían abrir la boca -decíamos ¡aj, aj, aj!... y, para que se despejaran nuestras dudas, nos colocaban el termómetro en la axila debajo del pijama, la prueba infalible que echaba por tierra todo nuestro teatrillo y nos colgaba la cartera en la espalda...
Conseguir altos niveles de calidad de vida, sobre todo en el campo de la alimentación, de la salud o de la educación, pauta de conducta humana que asimilan los niños y las niñas de sus progenitores o de la sociedad que les rodea, son objetivos básicos que se persiguen con más o menos ahínco a través de la rutina del trabajo; un modelo que muchas veces no es suficientemente comprendido por nuestros hijos pequeños, ya sea por su natural desconocimiento de la realidad o quizá por ser vanguardia evolutiva de la especie, dos buenos motivos que les inclinan hacia una idea de futuro rebosante de ocio y libertad sin yugos o cadenas laborales...
Seguro que nadie se extraña al escuchar ese tono de voz impersonal, ni de hombre ni de mujer, entre falso y afectado, que suelen poner algunas personas cuando preguntan a los niños, de manera estúpida y sin rubor, sobre asuntos que conciernen a los adultos; como por ejemplo... ¿qué quieres ser de mayor, Elmo? Aunque sea raro, a veces se ganan una respuesta infantil de igual altura de miras que les deja con la hipocresía desparramada por el suelo...
Si los varones sienten pánico natural ante la sola idea de perder el pene, inequívocamente por su rol sexual o por la privación de su capacidad reproductiva, quedarse sin falo va mucho más allá si se tiene en cuenta el miedo que se apodera de los hombres ante el hecho de la supremacía biológica de la mujer; explicación psicológica que se suma a la ausencia generalizada de una educación basada en la total y plena libertad de los seres humanos, a las evidentes desigualdades sociales que sufren las mujeres y al sempiterno machismo que cala, neurona a neurona, entre los niños y las niñas...