A veces, los adultos nos empeñamos en ocultar nuestras preocupaciones y sentimientos a los niños, y no nos damos cuenta de que es un esfuerzo inútil, ya que nuestros hijos, a pesar de que piensen menos que nosotros en los avatares de la vida, emocionalmente se dan cuenta de casi todo lo que ocurre a su alrededor, más aún si cabe cuando la angustia aflige el corazón de su madre o de su padre; incluso se fijan en los detalles más fugaces, como una mirada de refilón, un reproche entre palabras anodinas o un gesto de agotamiento familiar que nace en el dedo índice de una mano...