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Fachada del Hospital Reina Sofía en Córdoba. EFE/ Salas

El frío y la noche, factores que agravan la respuesta emocional en una tragedia como la del accidente de Adamuz

Al menos 45 personas han muerto y más de cien resultaron heridas en el accidente de trenes ocurrido el pasado domingo en Adamuz (Córdoba). Que la tragedia ocurriera de noche y con frío podría afectar e intensificar la percepción del entorno de los supervivientes, dificultarles la orientación y agravar la sensación de vulnerabilidad.

El accidente

El pasado domingo un tren de la compañía Iryo, que había salido de Málaga a las 18:40 horas con destino a Puerta de Atocha con 317 personas a bordo, descarriló sus tres últimos vagones a las 19:39 horas e invadió la vía contigua por la que en ese mismo momento circulaba otro convoy de Renfe con destino a Huelva, que también descarriló.

Los vagones del Iryo impactaron contra los dos primeros vagones del Alvia de Renfe, que salieron despedidos y cayeron por un terraplén de unos cuatro metros.

En las estaciones afectadas se ubicaron puntos de información para los familiares y se habilitó un grupo de asistencia psicológica en Madrid, Córdoba, Huelva y Sevilla para atender a las víctimas y a los familiares del accidente de Adamuz.

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Vista aérea de los trenes accidentados EFE

Síntomas iniciales

La psicóloga sanitaria pediátrica y de adultos María Gallego explica a EFE Salud que los síntomas emocionales y psicológicos de los supervivientes pasan por el shock y el entumecimiento emocional en las primeras horas o días, «con la sensación de no creer lo ocurrido».

La ansiedad, el miedo intenso, la sensación de alarma interna constante, la tristeza o la culpa, también son normales, al igual que la confusión, la dificultad para concentrarse o tomar decisiones, las imágenes intrusivas o los recuerdos repetitivos del momento del accidente.

Y entre las reacciones físicas tras un accidente de estas características se encuentran el agotamiento, el insomnio o la somnolencia excesiva, la ansiedad con taquicardia, tensión, y falta de aire, los cambios en el apetito o en hábitos de sueño.

Se puede tender también a la evitación de lugares, sonidos o situaciones que recuerdan al accidente.

«Este conjunto de reacciones emocionales, cognitivas, físicas y conductuales son expectables tras una catástrofe y no necesariamente indican un trastorno psicológico por sí solas», aclara Gallego Blanco.

Tienden a disminuir

En la mayoría de las personas estos síntomas emergen en las primeras horas o días después del suceso y tienden a disminuir gradualmente en semanas, «a medida que se restablece cierta normalidad y se recibe apoyo social adecuado».

Sin embargo, en algunos casos, si los síntomas persisten más allá de varias semanas, interfieren con la vida diaria o aumentan en intensidad, puede ser señal, asegura la psicóloga, de que se requiere evaluación y apoyo psicológico especializado.

Según explicó por su parte a EFE la psicóloga de Emergencia del Colegio de la Psicología de Madrid, Mónica Pereira, un 80 % de quienes viven una tragedia de estas características lo supera por sí solo, mientras que un 10 % precisa ayuda profesional y otro 10 % siente que su vida ha mejorado porque ha aprendido mucho de sí mismo y de su capacidad de afrontamiento, lo que se llama resiliencia.

Si la persona que ha sufrido la tragedia se estanca en el proceso de recuperación, Pereira insistió en que no hay que dudar en pedir ayuda porque en el 99 % de las situaciones se supera.

La oscuridad «amplifica» la sensación de indefensión

El hecho de que el accidente haya sido de noche y con frío también influye desde el punto de vista psicológico.

En este sentido, la psicóloga de Emergencias Gema del Pozo, quien participó en el dispositivo de asistencia psicológica en la estación madrileña de Atocha, asegura a EFE Salud que en una tragedia influye porque sin luz «lo poco que se ve es más angustiante».

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Psicólogos y sanitarios atienden a los familiares de las víctimas del accidente en el centro de mayores de la localidad. EFE/David Arjona

«Por ejemplo, es fácil magnificarlo, y las temperaturas extremas también dificultan más la regulación del cuerpo, como estar mojado, con mucho frío o calor, llevar muchas horas sin dormir o sin comer… todo eso al final influye también en cómo se procesa lo que acaba de vivir», señala del Pozo.

En el mismo sentido se pronuncia Gallego, quien apunta que estar expuesto a una situación de peligro en plena oscuridad aumenta la incertidumbre «porque la falta de luz limita la percepción del entorno, dificulta orientarse y agrava la sensación de vulnerabilidad».

«En psicología del trauma y desastres se reconoce que la oscuridad puede incrementar el miedo y la alerta porque el cerebro interpreta la falta de visibilidad como un elemento de riesgo adicional».

Son los niños los que se sienten más intranquilos y necesitan reforzar la percepción de refugio y seguridad cuando falta luz.

El frío aumenta el estrés fisológico

Y el frío intenso no solo es una incomodidad física, apunta Gallego, también se asocia a mayor estrés fisiológico.

«El organismo bajo condiciones de frío eleva la tensión muscular, el gasto energético y la sensación de alerta para mantener la temperatura corporal. El malestar físico asociado al frío puede aumentar la sensación de estrés y dificultar la autorregulación emocional en contextos de emergencia», subraya.

Esta experta incide en que cuando la amenaza ocurre de noche y en condiciones ambientales adversas, se suma la menor visibilidad y control del entorno, la sensación de aislamiento, hay más dificultades para orientarse o evaluar lo que sucede.

«Esto es especialmente relevante en emergencias donde ya existe un impacto emocional significativo por el suceso en sí», sostiene Gallego, quien añade que estos factores no generan por sí mismos un trastorno psicológico pero sí pueden intensificar las reacciones normales de estrés «descritas en situaciones de emergencia».

No solo necesitan ayuda los supervivientes

En una tragedia como la del accidente de Adamuz no solo necesita ayuda quien ha sufrido daño físico, recuerda Gallego.

Los afectados directos tienen un alto riesgo de sufrir daños psicológico con lo que necesitan atención temprana para contener el impacto.

Los familiares y allegados de las personas que han sufrido una tragedia de estas características, que no tienen información no logran contactar o esperan noticias también tienen un riesgo alto.

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Llegada a la estación de tren de Huelva de familiares de viajeros de los trenes del accidente. EFE/Alberto Díaz

Y los viajeros que no sufren directamente un accidente de estas características, pero permanecen retenidos «a menudo son olvidados pese a su elevado malestar» y combinan una sensación de inmovilidad, incertidumbre y falta de información, que «puede provocar ansiedad creciente, ataques de pánico puntuales, irritabilidad, conflictos y sensación de encierro».

Los profesionales y voluntarios que trabajan en la emergencias pueden sufrir malestar días o semanas después, en forma de agotamiento, irritabilidad o síntomas emocionales, indica Gallego.

Los niños y otros colectivos vulnerables requieren atención especial.

Y aquellas personas «que siguen la noticia muy de cerca, aunque no estén implicadas directamente», pueden reactivar miedos o experiencias traumáticas previas, lo que aumenta la sensación de inseguridad o ansiedad colectiva.

«En una emergencia, la intervención psicológica no se dirige sólo a quienes han resultado heridos, sino a todas las personas cuyo equilibrio emocional se ha visto afectado por el miedo, la incertidumbre o la exposición al suceso», estima Gallego.

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