Pones en Google “qué declaraciones sobre el miedo a la fama han hecho artistas musicales durante los últimos diez años” y la respuesta generada por IA despliega una lista en la que aparecen, atención, Billie Eilish, Lady Gaga, Justin Bieber, Chris Martin, Lorde o Selena Gómez. Y qué declaraciones. Por ejemplo, ésta de Lady Gaga, a la que accedes si clicas en el enlace de la fuente, el diario El País: “Tan pronto como me sumergí en este mundo, empecé a pertenecer, de alguna forma, a todo el mundo”.
EFE Salud se ha puesto en contacto con el Instituto Centta, especializado en psicología, para consultar sobre los efectos de la fama en la realidad mental y emocional de un artista. Víctimas hay un montón: desde J.D. Salinger, quien escribió ‘El guardián entre el centeno’ y desapareció, o Harper Lee, que se erigió en icono mundial de la literatura por ‘Matar a un ruiseñor’ y tardó décadas en volver a publicar, antes de fallecer.
La psicóloga María González, directora de la unidad de intervención en trauma y EMDR (un tipo de terapia para ayudar a procesar recuerdos traumáticos) de la clínica Centta, ha respondido las cuestiones por escrito. Cuestiones que pretenden indagar en el miedo a la mirada de los demás, en el miedo a fracasar, en la culpa y hasta en patologías mentales.
Rasgos generales: 1) Un autoexamen constante
Ahora que los conciertos en estadios determinan el nivel de éxito mundial, ahora que esos conciertos pueden hacerse durante diez días en el mismo estadio, lleno siempre; ahora que se van imponiendo las “residencias” (conciertos de una celebridad varios días en una ciudad), es fácil pensar que ese artista que reúne a tantísima gente se mueve ante la multitud como pez en el agua. Pues puede que no.
Dice González: “Mucha gente asume que quien ha actuado durante años delante de miles de personas es inmune al miedo escénico o a la ansiedad social. Sabemos que no es así”. Primera aparición de la ansiedad en esta información (no será la única).
Porque la ansiedad, como señala la experta, “no depende únicamente de la experiencia, sino de cómo se interpreta la situación”. Esos conciertos tan exitosos, tan repletos de gente, de móviles, de bailes, de likes en las redes sociales, puede que el artista los viva como “una oportunidad de conexión”, lo cual es estupendo, pero puede que los sufra como “una prueba constante de validación”. Y esto ya no es estupendo.
“Cuando la atención se desplaza desde ‘quiero compartir algo’ a ‘no puedo permitirme cometer errores’, aumenta la vigilancia, la autoobservación y la ansiedad”, explica González. Segunda aparición de la ansiedad.
Mención unas líneas arriba de los móviles y los likes… Las redes sociales catapultan la dimensión de la fama… Y también catapultan la dimensión de la ansiedad. Porque, debido a las redes, “se evalúa permanentemente a la persona”. “La valoración” como “algo continuo, inmediato y global”. Extenuante.
Rasgos generales: 2) Cultura “obsesionada” con el éxito
La psicóloga añade un ángulo fundamental para mirar esta relación artista y fama. Una actual “disminución de la tolerancia a la frustración”. Advierte la experta de que esto es “un fenómeno más amplio” presente en las consultas de profesionales.
González lo explica con claridad: “Hemos interiorizado mensajes como ‘si quieres, puedes’, ‘debes alcanzar tu mejor versión’ o ‘mereces ser feliz todo el tiempo’. Aunque bienintencionados, pueden generar expectativas poco realistas. Cuando el éxito deja de ser suficiente y sólo vale la excelencia, cualquier error, crítica o descenso de rendimiento puede vivirse como un fracaso intolerable”.

La fama conduce al dinero, a la admiración, a muchas facilidades en la vida diaria. Y como estamos viendo conduce a… Al agotamiento. ¿Y qué hacemos cuando nos sentimos agotados? Paramos.
Que un artista en la cima de su carrera por ventas, dinero, reconocimiento de repente diga ‘lo dejo’ empieza a ser más frecuente, y “no abandonan porque hayan perdido talento o motivación, sino porque el coste psicológico de seguir expuestos llegar a ser demasiado alto”, remarca González.
Una paradoja antes de cerrar este epígrafe, dicha por la psicóloga de Centta: “En una cultura obsesionada con el éxito, a veces el propio éxito acaba convirtiéndose en una de las principales fuentes de sufrimiento”.
El miedo al fracaso
El caso citado de Harper Lee, sin ir más lejos. Atribuyen a un familiar de la escritora unas palabras de la propia escritora sobre el lugar al que subió a raíz del éxito mundial de ‘Matar a un ruiseñor’, adaptada al cine también con éxito mundial. Vino a decir que volver a publicar sólo podría llevar a un lugar más abajo. Ella misma, en alguna ocasión, ha hablado, además, de la presión que soportó a raíz del ‘hit’.
Cuenta González que diferentes investigaciones sobre el perfeccionismo muestran que “alcanzar un éxito extraordinario puede aumentar el miedo a volver a exponerse a la evaluación pública”. Por concretar: la comparación deja de guiarse por “estándares razonables” y se deja llevar por comparaciones con la “obra maestra” ya hecha.
Entonces el artista se propone rebasar “una meta extraordinariamente difícil”, lo que nos sitúa en otra paradoja: “cuanto más importante es una actividad para la identidad de una persona, más puede evitarla si percibe que existe la posibilidad de no estar a la altura”.
Lo que supuestamente le sucedió a Harper Lee, quien también desapareció de la órbita de los medios de comunicación, lo agrava ahora “una cultura que transmite la idea de que no basta con hacerlo bien”, sino que además “hay que superarse”, en palabras de González. Entonces, lógico, cada nuevo proyecto es un examen.
El miedo a la exposición pública
Dos ejemplos de los años 90 y de los primeros años 2000 muy reveladores.
Laurin Hyll. Alcanzó fama mundial como líder de los Fugees, grupo con sólo dos álbumes que fueron dos exitazos. Tras ello, disolución. La cantante inició entonces carrera en solitario y sacó un disco que fue, también, un exitazo. Tras ello, retirada.
Damien Rice publicó dos discos durante la primera década de este siglo, y luego un LP en 2014. Estaba en lo más alto de su montaña y… Decidió apartarse.
Hay un montón de casos, más allá de los ‘one hit wonder’, que eso es otra cosa. Que el éxito y la fama agobien tanto es frecuente, con el matiz de que antes no lo decían y hoy sí.

Indica la experta que “la persona puede acabar sintiendo que tiene que representar continuamente un personaje, una versión idealizada de sí misma”. Y “mantener esa imagen –añade– exige una enorme energía psicológica. También existe lo que algunos investigadores llaman ‘fatiga por exposición’”.
“El cerebro humano no evolucionó para ser objeto de escrutinio de millones de personas. La atención constante puede generar ansiedad (tercera aparición de la ansiedad), agotamiento emocional e incluso síntomas depresivos. En ocasiones no es tanto miedo a la fama como agotamiento por las consecuencias de la fama”.
Culpa por haber desatendido a la familia
La cantante Adele, a finales de 2024, anunció que interrumpía su trayectoria musical porque quería dedicarse a su familia. Puede que la veamos en breve en una película, pero de la música parece que va estar apartada un tiempo ¿definitivo?
¿Pudo influir en Adele, cuando hizo dicho anuncio, un sentimiento de culpa por haber estado a tiempo completo dentro de una vorágine de giras y conciertos?
La psicóloga consultada para este reportaje subraya que la culpa, por sí sola, no es un factor que desencadene una retirada.
“El conflicto entre trabajo y familia –argumenta– se asocia con estrés psicológico, agotamiento y sentimientos de culpa, especialmente cuando existe una discrepancia entre cómo una persona quiere vivir y cómo está viviendo realmente. Sin embargo, más que una culpa patológica, muchas veces estas decisiones reflejan una reevaluación de prioridades”.
Trastornos mentales
El de Syd Barret, quien fuera de líder de Pink Floyd cuando Pink Floyd reinaba, es un caso que apunta a la influencia de la enfermedad mental en la relación esquiva con la fama. La hemeroteca al respecto retrata problemas de drogadicción, pero también la presencia de estas patologías. Barret borró su figura pública para vivir, aislado, en un pueblecito británico.
Cuenta González, como nota aclaratoria, que “la fama no provoca por sí sola estos trastornos”, pero sí puede “amplificar vulnerabilidades previas o dificultar la recuperación al añadir niveles extraordinarios de estrés y exposición”.
Trastornos que pueden provocar decisiones como las de Barret, la reclusión en concreto, podrían ser “trastornos depresivos” porque “pueden llevar a una pérdida profunda de interés por actividades que antes resultaban gratificantes, y a una tendencia al retraimiento social”.
O “trastornos de ansiedad”, por cuanto “pueden hacer que la exposición pública se viva como una fuente intensa de sufrimiento”.
Y “en casos más graves”, trastornos psicóticos o ciertas alteraciones de la personalidad, ya que “pueden dificultar enormemente la gestión de la fama, las relaciones interpersonales y la presión externa”.



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