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EFE/Javier Lizón

Emergencias 112, adrenalina en las calles

Los equipos médicos de emergencias se convierten a diario en la primera fuerza de choque del sistema nacional de salud (SNS)... Escuchamos sirenas y vemos pasar ambulancias flameantes "a toda mecha"

Llegamos a un domicilio y atendemos a un paciente con sobredosis de heroína. Le inyectamos el antídoto farmacológico. Pasa de la inconsciencia a un estado de ‘mono’ y entonces la ‘mala leche’ le sale a bocanadas. De repente, el heroinómano abre el cajón de la mesilla y saca una pistola.

No es una secuencia de «Harry el sucio», es una intervención de una unidad de emergencias 112 de Madrid (SUMMA) relatada a través de los ojos de un enfermero, Francisco Casas.

Una historia que, por fortuna, tuvo un final feliz: «el médico, muy perspicaz, dio una patada a la mesilla y salimos corriendo escaleras abajo. El paciente casi nos mete dos tiros».

Este equipo de profesionales -médic@, enfermer@ y técnic@- que trabaja en una UVI móvil se convierte en una especie de fuerza de choque del sistema sanitario contra todas las patologías, dolencias, trastornos, accidentes, desgracias y catástrofes que sufre la población fuera de un hospital.

Su trabajo diario y abnegado es muy complejo.

Salvar vidas a toda costa

Bregar en la calle o en domicilios, rodeados en muchas ocasiones de las peores condiciones higiénicas, en opinión del enfermero, les convierte en profesionales muy cualificados para enfrentarse a situaciones reales de emergencia.

«Todo ocurre de forma arrolladora -indica-. Minimizas los riesgos, pero es una rutina en la que puedes infectarte de tuberculosis o contagiarte de hepatitis o virus del sida«.

En ocasiones, ni siquiera tienen tiempo para cambiarse de ropa, manchada de sangre, de vómitos o de esputos.

«No puedes parar. No tenemos un compañero que nos sustituya. Terminamos de atender al paciente, lo llevamos al hospital y si no acudimos a otra urgencia podremos cambiarnos. Vamos a matacaballo. Lo asumes como un riesgo inherente al trabajo«.

El SUMMA intervino en 472.000 urgencias el año pasado en la comunidad de Madrid, 800 de ellas con helicóptero y 77.700 con unidades móviles de emergencias.

Francisco Casas luce una coraza de veintitrés años de experiencia en la especialidad de enfermería, a pesar de lo cual no ha podido evitar alguna que otra sorpresa: «me han intentado agredir varias veces, pero sólo lo han logrado en una ocasión».

Lo recuerda con una sonrisa y un sabor agridulce: «el paciente se había intentado autolesionar con un cuchillo y lo trasladamos al área de psiquiatría del hospital. Decidió que no quería estar allí. Se dio media vuelta y me sacudió un mamporro. Me quedé con el golpe y con el labio roto«.

Insultos, empujones, patadas, escupitajos, incluso mordiscos, están a la orden del día. La fuerza de choque del 112 acude a reyertas, peleas familiares o atiende a pacientes desequilibrados «que si no valoran su propia vida, la tuya menos», afirma el enfermero.

El SUMMA actuó en 7.350 intoxicaciones (3.950 de alcohol y drogas), en 932 pendencias con arma blanca o de fuego, en 690 casos de violencia machista y en casi 9.300 accidentes de tráfico.

Afortunadamente, la mayor parte de las urgencias se quedan en asistencias médicas domiciliarias y de enfermería o traslados en ambulancia, pero estos profesionales corren un riesgo muy alto que en teoría «no forma parte del contrato de trabajo», declara Francisco Casas, que es padre de dos mellizos de corta edad.

Y si el trabajo no fuera suficientemente duro, este equipo de emergencias sufre la incomprensión de algunos ciudadanos.

«Se pasean por el lugar del accidente, opinando de forma gratuita sobre el tiempo que hemos tardado en asistir a un herido; a veces, incluso, intentan apartarnos de la víctima para curiosear en primera fila», afirma.

A pesar de todo, cuando el enfermero Francisco Casas llega a casa, después de una jornada de alta tensión, mira fijamente a sus hijos de dos añitos y entonces se da cuenta de que su esfuerzo «ha merecido la pena».

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