La muerte nos acecha todo el tiempo. Puede estar aplastando el acelerador de nuestro coche, apremiando el segundero de una mochila en un aeropuerto o viniendo hacia nosotros encaramada a la cresta de una ola, pero su halo oscuro y difuso se hace especialmente negro y puro cuando nuestro cuerpo, ya ajado, y nuestra alma, impotente y temerosa, llega al final de sus días. Quizá, por eso, parezca que los niños no tengan miedo a la muerte o que nunca piensen en su afilada guadaña. No es así. Saben que está ahí, mirándoles fijamente, esperando su oportunidad. Ellos, como los gatos, prefieren pasar de puntillas ante el sufrimiento y disfrutar sin preocupaciones de sus siete maravillosas vidas...