«El malestar emocional de las personas que sufren obesidad casi nunca ocupa el centro del debate en las redes sociales, y tanto es así que ni siquiera ellos mismos lo identifican como algo de lo que se pueda o se deba hablar», dice Noelia Alonso Cabarga, directora de Kintsugi Institute.
«Muchas veces, no saben o no puedan ponerle palabras a este dolor y, además, se han autoconvencido de que esa pesadumbre es lo que les toca por tener el cuerpo que tienen», subraya Noelia Alonso, psicóloga sanitaria que aborda las dificultades con la comida, el peso y el cuerpo.
Por añadidura, desde su entorno social y familiar, incluso no pocas veces desde el propio sistema sanitario, «se agranda el estigma de peso que perpetúa la ausencia de espacios donde depositar este dolor sin ser juzgados», considera.
«Y como los humanos somos persistentes en el error, sólo seguimos tratando su cuerpo, todavía más con los nuevos fármacos adelgazantes, silenciando sin motivo a la persona que vive dentro de ese cuerpo», señala la especialista en alimentación y salud mental.
¿Qué significa vivir con obesidad?
Hoy en día resulta casi imposible abrir una red social de tu teléfono móvil sin toparse con múltiples contenidos relacionados con los fármacos para perder peso. El tema acapara titulares y más titulares y conversaciones de todo tipo.
Se habla del precio, de quién los usa, de los posibles efectos secundarios en la salud, de qué pasará cuando se abandone el tratamiento o de si tendrán que usarse de forma permanente, como si la obesidad o el sobrepeso fueran una enfermedad crónica.
Es, sin duda, el tema de salud más sobresaliente. Pero, como profesional que se sienta en la consulta frente a personas reales, no puedo dejar de notar todo lo que esas opiniones dejan fuera: el malestar emocional de quien vive con obesidad casi nunca ocupa el centro del debate.
La atención mediática rara vez se detiene en la pregunta realmente básica: ¿qué significa, en términos humanos, vivir con obesidad?
Hay algo que observo con mucha frecuencia y que me parece especialmente importante señalar: muchas personas llegan a mi consulta habiendo normalizado tanto su malestar con su obesidad que ni siquiera lo identifican como algo de lo que se pueda o se deba hablar.

Han aprendido, a base de repeticiones constantes, que su sufrimiento es «lo esperable» cuando se tiene el cuerpo que tienen. Han incorporado tal sentimiento de culpa y de vergüenza que ni siquiera saben poner palabras a su dolor emocional.
Pero esto no aparece de la nada. Se construye a partir de la cultura de las dietas, de la simplificación de la falta fuerza de voluntad como única explicación y de los comentarios (de personas conocidas y no tan conocidas) en un entorno que culpabiliza a la persona y que rara vez ofrece un espacio real donde depositar ese malestar sin ser juzgado por él.
La evidencia es clara: el estigma de peso, es decir, las actitudes negativas, los estereotipos y la discriminación hacia las personas por su corporalidad, se asocia de forma consistente con peores resultados de salud mental.
Un metaanálisis de referencia encontró que la exposición al estigma de peso está relacionada con mayor depresión, ansiedad, malestar psicológico general, alteraciones de la conducta alimentaria y menor calidad de vida y autoestima.
Además, el estigma puede retroalimentar el propio problema: genera estrés, favorece la ingesta emocional y reduce la motivación para adoptar conductas saludables, cerrando un círculo que perpetúa tanto el malestar como la propia condición.
Lo más doloroso, y también lo que más me preocupa como psicóloga sanitaria, es constatar que ese espacio de escucha suele faltar también donde debería estar garantizado: en la consulta médica.
En un estudio multinacional con casi 14.000 adultos de seis países inscritos en programas de control de peso, más de la mitad de los participantes declaró tener antecedentes de estigma de peso, y entre ellos, dos de cada tres también reportaron que lo habían experimentado en el propio ámbito de la medicina.
Estudios con muestras amplias de médic@s muestran que el sesgo hacia las personas con más peso corporal está tan extendido entre profesionales sanitari@s como en la población general, incluso entre quienes se dedican específicamente al tratamiento de la obesidad.
Y ese sesgo no es inocuo.
Se ha documentado que condiciona el trato clínico: menos tiempo dedicado a explicar opciones de tratamiento, menos conversación centrada en la persona y un lenguaje más distante cuando el profesional presupone que el paciente «no va a cumplir» con las recomendaciones.
El resultado, previsible y bien documentado, es que muchas personas terminan evitando o retrasando revisiones médicas para no volver a exponerse a esa incomprensión.
Cuando el propio entorno clínico, que en teoría debería acoger al paciente, se convierte en una fuente más de juicio, no es de extrañar que el silencio se convierta en la respuesta más habitual.
En 2020, un consenso internacional firmado por sociedades científicas de referencia reconoció explícitamente que el estigma de peso causa daño psicológico real y reduce el acceso a una atención adecuada.

Nada de esto resta valor a los tratamientos farmacológicos disponibles, que pueden suponer una ayuda real para muchas personas.
Pero la manera en que se ha construido el relato público en torno a ellos corre el riesgo de repetir el mismo error que la medicina ha cometido durante décadas: reducir la obesidad a una cuestión de calorías que entran y calorías que salen sin abordar la experiencia subjetiva de quienes la padecen.
Las propias guías clínicas insisten, de hecho, en que estos fármacos deben integrarse en modelos de atención que incluyan soporte nutricional, conductual y psicológico, no sustituirlos.
Mientras el foco siga puesto casi en exclusiva en la molécula, sigue faltando lo más básico: un espacio donde a las personas con obesidad se les diga, con claridad, que su malestar es real, que tiene una explicación, y que hablar de él no sólo es lícito, sino profundamente necesario.
Poner palabras al sufrimiento asociado a la obesidad (el estigma social, la ansiedad, la vergüenza internalizada, el cansancio de no sentirte comprendid@, el peso de una mirada ajena que se repite demasiadas veces) es un acto clínicamente relevante y el primer paso para dejar de cargar un gran peso emocional.
«Por eso, desde Kintsugi Institute nos esforzamos para crear cada vez más espacios tanto individuales como grupales que permitan dar voz a las personas y aligeren su carga en el camino de la vida», subraya la psicóloga sanitaria Noelia Alonso Cabarga.



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