El ictus no afecta a todas las personas igual. Hay pacientes que sufren problemas físicos (visión, incontinencia, movilidad) y otros que padecen dificultades en la atención, memoria, control emocional o fatiga cognitiva. Son secuelas psicológicas que influyen negativamente en el carácter porque aunque al principio no son conscientes de sus déficits, van tomando conciencia de ellos con el tiempo.
Es fundamental entonces el papel de la familia para la recuperación del paciente que ha sufrido un ictus, pues puede influir tanto positiva como negativamente en la rehabilitación. Los/las familiares deben saber que cuando se sufre un ictus, el cerebro no se apaga, sino que se reorganiza.
El proceso requiere tiempo, repetición, descanso, y sobre todo, no añadir más sobrecarga cognitiva y emocional, destaca a EFE Salud Patricia Sariñana, neuropsicóloga experta en daño cerebral en adultos y profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).
“La recuperación no sigue una línea recta; hay avances, estancamientos y retrocesos”, incide.
Rehabilitación, fase imprescindible tras un ictus
El ictus sucede cuando el flujo de sangre o una parte del cerebro se interrumpe, privando al tejido cerebral de oxígeno y otros nutrientes, según detalla la Clínica Universidad de Navarra en su web. Suele darse por otras enfermedades como hipertensión, sedentarismo u obesidad.
Los pacientes que lo padecen necesitan rehabilitación, que en determinados casos requiere de mucho tiempo como consecuencia de las múltiples secuelas que se desarrollan después de sufrir este accidente cerebrovascular.

Sin embargo, no todas se ven a simple vista. Hay pacientes que caminan, hablan y están físicamente recuperados pero sufren otras afecciones de carácter cognitivo o mental.
Indica Sariñana que «estas dificultades que presentan no son voluntarias». «Si un paciente», añade, «tiene dificultades emocionales, no es que no quiera, es que su cerebro procesa la información de manera diferente”.
La convivencia, afectada
Hay una serie de secuelas que alteran la convivencia familiar y que pueden confundirse con otros síntomas como falta de interés, desidia, mal carácter, labilidad emocional o impulsividad.
Estas secuelas son:
- Problemas de organización y toma de decisiones
- Fatiga mental tras tareas aparentemente sencillas
- Olvidos
- Dificultad para seguir conversaciones largas
- Realizar varias cosas a la vez
- Apatía
- Irritabilidad
- Impulsividad
La importancia de acudir a terapia
Ante ello, es fácil la sobreprotección en exceso, pero es un error con posibles consecuencias en la rehabilitación del paciente que ha sufrido un ictus, señala la experta de la UOC.
Por ello, es fundamental que tanto la familia como el paciente acudan a terapia. “El equilibrio entre apoyo y autonomía es delicado y requiere orientación profesional”, advierte Sariñana.
“El terapeuta o neuropsicólogo que trabaje con el paciente también debe hacerlo con la familia para que entiendan el cambio, cómo les afecta, cómo se tiene que trabajar con ellos, los cambios que necesitan para que el paciente mejore y consiga sus objetivos propuestos”, añade.

En numerosas ocasiones, los problemas se enquistan y salen a relucir en la terapia. “De ahí la importancia de aplicarlos y tratarlos a tiempo junto con los familiares. Hay una gran diferencia entre trabajar o incluir al familiar en la terapia y no hacerlo”, apunta la experta.
Recomendaciones para los familiares
Por otro lado, es fundamental que la familia aplique la autonomía guiada, es decir, dejar al paciente que se está recuperando del ictus que realice ciertas actividades con supervisión, darle tiempo, ofrecer pistas en lugar de soluciones inmediatas, dividir las tareas complejas en pequeños pasos y respetar los tiempos reales que necesitan para llevar a cabo una acción.
“Cuando la familia se forma y entiende el proceso, deja de actuar sólo desde el amor y empieza a hacerlo también desde el conocimiento”, destaca la especialista. En términos neuropsicológicos, se trata de crear un entorno que reduzca la sobrecarga y favorezca la reorganización funcional.
Sariñana apunta que es fundamental incorporar medidas concretas para el día a día, así como ejercicio físico moderado, como paseos compartidos, rutinas activas y actividades al aire libre.
Algunas de las medidas son:
- Establecer rutinas estructuradas que aporten previsibilidad
- Evitar interrupciones y espacios con exceso de estímulos auditivos o visuales
- Validar emocionalmente antes de corregir
- Respetar los periodos de descanso (sobre todo la fatiga cognitiva)
- Coordinarse con el equipo clínico para mantener pautas coherentes
- La persona cuidadora debe incluirse y adaptarse a este aprendizaje. La sobrecarga física y emocional de quien acompaña a diario puede deteriorar tanto la calidad del apoyo como el clima del hogar.
“Un cuidador exhausto no es un detalle secundario, es parte del problema rehabilitador. Acompañar bien no significa hacer más, sino saber cómo y cuándo estar”, concluye la psicóloga Patricia Sariñana.
Recuerda la UOC en nota de prensa que en España los ingresos hospitalarios por enfermedad cerebrovascular han crecido un 40 % en los últimos 15 años, según la Sociedad Española de Neurología.
En 2024, la prevalencia fue de unos 120.000 casos de ictus (con 25.000 fallecidos), según el Ministerio de Sanidad.
Aunque la mortalidad ha descendido en un 2,3 % gracias al diagnóstico precoz y a tratamientos como la trombólisis o la trombectomía, la prevalencia y la carga asistencial continúan aumentando debido al envejecimiento poblacional y factores de riesgo ya mencionados como la hipertensión, la diabetes, el tabaquismo, el sedentarismo o la obesidad.



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