Campañas en televisión, en redes sociales, en radio y en prensa escrita nos han hecho reflexionar acerca de la gravedad del consumo de alcohol entre nuestros jóvenes: en España, el alcohol es la droga más consumida entre los 14 y los 18 años con un 81,3% de adolescentes. Le siguen el tabaco con un 36,9% y el cannabis con un 28,6% (según los datos del Plan Nacional Sobre Drogas)

“Habilidades de la Vida” para evitar el alcoholismo adolescente
Doctor en Psicología Clínica Jesús Paños.
  • 24 de noviembre, 2017
  • Gregorio Del Rosario

Como señala el doctor Jesús Paños Martín, responsable de la Unidad de Psicología Clínica de Infancia y Adolescencia del Hospital San Rafael de Madrid, “es un hecho ya reconocido que el porcentaje de consumo de drogas y en especial de estas tres, es elevado entre nuestros hijos, y su edad media de inicio, sorprendente.

Para el tabaco 13,7 años y para el alcohol 14 años. El cannabis tiene una edad de inicio de 15 años. A estos datos, ya de por sí sintomáticos, hay que añadir el porcentaje de jóvenes que se emborrachan: 5 de cada 10 jóvenes en el último mes, según las citadas encuestas, es decir un 50%”.

Pero la información no es suficiente para cambiar conductas o actitudes, añade este profesional, “se hace necesario algo más. Aprender habilidades y cambiar actitudes”.

Para el Dr. Paños, “es necesario reflexionar sobre los graves efectos que provoca el alcohol, en especial, en un cerebro en crecimiento, el de nuestros adolescentes. No hace falta que hablemos de un consumo regular para que aparezcan graves complicaciones permanentes en nuestro sistema nervioso central, una ingesta leve o algunas intoxicaciones es suficiente para hacerlo”.

La neurociencia ha demostrado que el alcohol produce daños en zonas específicas del cerebro, especialmente cuando las mismas se encuentran en pleno desarrollo.

“Una de las áreas que se ve más afectada es el hipocampo, una estructura fundamental para el aprendizaje y la memoria. Escáneres cerebrales realizados en jóvenes alcohólicos revelan que el hipocampo de éstos es significativamente más pequeño que el de los otros adolescentes que no beben alcohol”, nos recuerda el psicólogo clínico.

Además, el alcohol puede dañar otra estructura fundamental, los lóbulos prefrontales, añade.

“Este área se encarga de permitirnos programar acciones, empatizar, planificar, anticipar consecuencias de nuestros actos, controlar nuestros impulsos y mantener intactos nuestros circuitos atencionales. Todas estas funciones son necesarias para aprender, madurar y hacernos responsables y autónomos”.

“¡Que contradicción! -expresa-. Beben alcohol para mejorar su estima y parecer mayores, y sin darse cuenta se lo impiden ellos mismos al beber”.

Factores de riesgo del alcoholismo

En las consultas hospitalarias cada vez es más frecuente encontrarnos con este problema: chicos de entre 14 y 16 años que consumen alcohol, en especial los fines de semana, en grupo y de forma sistemática, asociado a su ocio.

Ahora bien, ¿qué diferencia al grupo de adolescentes que beben de los que no beben?

Según el doctor Jesús Paños, una evidencia ya demostrada es que “el grupo que bebe aglutina muchos factores de riesgo, y a mayor número de factores de riesgo, más probabilidad de consumo. Evidentemente la sustancia ingerida, en sus momentos iniciales, juega un papel: puede ser gratificante y si encima es fácil de conseguir tenemos la primera dificultad”.

Estos factores podemos agruparlos en personales o del contexto.

Entre los factores personales el especialista enumera algunos estrictamente biológicos: antecedentes familiares de consumo, edad de inicio temprana o algunas enfermedades crónicas.

“Aquí encontramos el grueso de los factores de riesgo: vulnerabilidad a la presión del grupo, desconocimiento de los efectos de la droga, expectativas positivas hacia el consumo, pocas habilidades sociales, actitudes antisociales, baja autoestima, alta impulsividad y poca capacidad de autocontrol, baja tolerancia a la frustración, poca autonomía personal, ansiedad y estrés, dificultad para solucionar problemas, dificultad en las relaciones y problemas emocionales”.

Analizando los factores del contexto aparecen los iguales: amigos consumidores, dependencia del grupo, presión hacia el consumo, ausencia de ocio sano; pero también aparece la familia, la escuela y la comunidad.

“Un estilo educativo inadecuado (muy autoritario, o muy permisivo y con pocas normas), un clima familiar conflictivo con frecuentes enfrentamientos, discusiones y peleas, una baja cohesión familiar, poca calidez y cercanía entre padres e hijos, un modelo de consumo en la familia y una baja supervisión y con poca disciplina, son todos ellos, factores facilitadores de consumo”.

Factores de protección: un ocio sano

Para el psicólogo clínico Jesús Paños los factores de protección se encuentran en el centro mismo de los factores de riesgo. “Pongan en positivo los de riesgo y estaremos hablando de factores de protección”.

  • Hablarles con claridad de los efectos indeseables de las drogas y sus consecuencias.
    No ser modelo de consumo para ellos.
  • Entrenarles en hábitos saludables.
  • Desarrollar junto a ellos un ocio sano y un interés por actividades que despierten su atención por hacerlas en grupo y superarse (deportes, hobbies, acciones de voluntariado, de cuidado del entorno, etc.).
  • Entrenarles en estrategias de autocontrol, ayudarles a tolerar la frustración, entrenarles en la toma de decisiones y en cómo afrontar los problemas.
  • Educarles en valores, mejorar sus habilidades de comunicación y sus habilidades de relación social, mejorar su estima, enseñarles a pensar y razonar y a identificar y manejar sus emociones, hacerles autónomos.
  • Gratificar sus progresos, ser personas significativas y cercanas a sus problemas, escucharles, ponerles límites y razonarlos, ser flexibles, saber dialogar y llegar a acuerdos, enseñarles a planificar, enseñarles a relajarse.
  • Supervisar sus amistades y sus actividades fuera de casa, controlar sus horarios, poner normas y felicitar por su cumplimiento, expresarles afecto y amor, confiar en ellos y expresárselo, reprender o castigar si es necesario las conductas negativas intencionadas.
  • Y, ante todo, evitar los enfrentamientos agresivos para solucionar los problemas.

 

¿Cómo podríamos mejorar las habilidades de nuestros hijos para hacerles más competentes y agrupar en ellos más factores de protección?

También la ciencia nos va a ayudar en esta pregunta. Como nos recuerda Jesús Paños, desde finales de los años 90, la división de Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud, por empeño de muchos psicólogos y pediatras, diseñó un Programa internacional denominado “Habilidades para la Vida”, que pretende entrenar una serie de habilidades con los niños y adolescentes en los centros educativos.

El objetivo de este tipo de programas es difundir a escala mundial el necesario entrenamiento a los chavales en habilidades de enfrentamiento a la vida, que se han identificado como claves en el proceso de maduración.

“Los estudios demuestran, en grandes grupos de adolescentes, que aquellos que han pasado por este programa, tienen mejor salud general, mejor salud mental, menor consumo de sustancias, menos problemas con la justicia y mejor ajuste laboral”.

En la siguiente tabla aparecen las citadas habilidades marcadas por la OMS y forman parte del programa de los Talleres de entrenamiento para Adolescentes que van a desarrollarse en el Hospital San Rafael a partir del mes de enero de 2018, denominados de esa misma forma, Habilidades para la Vida.

Cuadro SR-Alcoholismo