El drama o la tragedia se suelen encajar con cierto recelo cuando se notan en el comportamiento de un adulto baqueteado; en cambio, nos parece absolutamente natural cuando son los niños pequeños quienes lo protagonizan, futuros ganadores de un Óscar o un Goya que nos conmueven con su rostro descompuesto, casi desvaído, y sus ojitos a punto de caramelo; sentimiento que cala aún más profundo en aquellos padres que están a un tris de bajarse de su tren de vía estrecha...