Una persona con ortorexia es una persona que si sale a comer con sus amigos, pasará un mal rato porque no puede ingerir nada que considere insano o poco saludable. A ver qué hace entonces con las raciones de patatas bravas y de croquetas que la mayoría ha pedido. Una persona con ortorexia puede que haya experimentado tanta ansiedad por eso que ha decidido no repetir plan.
Como te estarás preguntando ya qué es la ortorexia, va una aproximación: se trata de una fijación patológica por la comida saludable, o como dice la profesora de Grado en Nutrición Humana y Dietética de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), María Barado Piqueras, con quien EFE Salud ha hablado, “una obsesión” que puede provocar en quien la padece “culpa” y “ansiedad”.
Puntualiza la experta que la ortorexia no está incluida aún en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales que publica la Asociación Americana de Psiquiatría, erigido en referencia mundial sobre lo que oficialmente sería la lista de patologías mentales. Existe “evidencia científica”, no obstante, sobre las implicaciones de dicha obsesión en la propia salud mental, incide Barado.
Ocurre lo mismo con el Síndrome de Hikikomori (¿recuerdan?), sobre el que EFE Salud escribió hace poco. Es el aislamiento voluntario al que se entregan adolescentes y varones jóvenes para romper cualquier vínculo con el, digamos, mundo exterior. No es una patología incluida en esa llamada lista oficial, pero existe.
No es país para la ortorexia (por costumbres sociales)
La ortorexia es “una obsesión poco flexible”, lo que anticipa problemas, por tanto. Porque, para empezar, esa persona no puede saltarse ninguna norma que se haya impuesto para comer sano. Si son muchas normas, háganse una idea. Tienen “una planificación mucho más cuidada y mucho más exigente” sobre su dieta, afirma la profesora de la UNIR.
Derivado de ello, dedicará más tiempo a la selección y compra en el supermercado, más tiempo a la preparación en la cocina; más tiempo, obviamente, a la revisión de lo que ofrezca un restaurante en su carta o en su menú… Uno de los síntomas que suele estar detrás de la ortorexia es, de hecho, el tiempo diario que la persona entrega a pensar sobre qué come y cómo lo come.

Este conflicto con las normas autoimpuestas para ingerir comida sana con aditivos sanos, y sustancias sanas y frescas, produce ansiedad, como ha quedado dicho. Y problemas en la vida social: “Como en todo, hay extremos, y las personas que tengan una lista de alimentos que no pueden consumir o que estén completamente obsesionadas con un con un tipo de alimentación, pues tendrán problemas, por supuesto”, recalca.
Mal país España para padecer ortorexia. Quedar para el vermú, quedar para el aperitivo, para comidas, para cenas, en cumpleaños, en comuniones, en bodas, es muy de aquí. Nos gusta vernos y hablar con una mesa en medio, platos y vasos encima, de modo que si la obsesión por la comida se ha convertido en un trastorno, tendría que entrar en escena un profesional de la psicología o la psiquiatría para controlar la obsesión por el tipo de alimentación, reseña Barado.
Y además, las redes sociales
Dice la experta: “Hay cierta preocupación en el entorno sanitario” sobre la ortorexia debido al “efecto amplificador que tienen las redes sociales o divulgadores que no son respaldados por la evidencia científica”.
Es lógico preguntarse cómo es posible que el fomento de la alimentación saludable cause problemas. No causa ninguno. Ahora bien, ese fomento, sobredimensionado, si desemboca en obsesión en alguien, hay que abordarlo con ayuda profesional.
La experta, asimismo, anota un factor destacado: “Tengo la sensación de que las generaciones más jóvenes, que han tenido una cultura alimentaria más deficiente, carecen de una base real sobre la que cimentar el conocimiento” respecto de qué es una nutrición saludable y cómo practicarla.
“Hemos perdido –prosigue– ese hábito de dieta saludable, la dieta mediterránea, quizá por edad, quizá por cultura”.
Como consecuencia de ello, los más jóvenes “intentan agarrarse a esta corriente de no consumir determinados aditivos o determinadas sustancias sobre los alimentos”, creando “un comportamiento”.
La solución está en la educación
Barado está convencida de que la clave para evitar la espiral obsesiva por la alimentación sana la tienen las instituciones educativas.
Aboga por ello por tejer “una malla curricular” en la enseñanza “en la cual se incluyan asignaturas relacionadas con lo que es la educación nutricional y la alimentación saludable”.
El objetivo, según sus palabras: “Volver a esos hábitos de vida que teníamos con las comidas que hacíamos, con el tipo de alimento que consumíamos, pues hemos pasado de la alimentación basada en el producto de proximidad, en el producto de temporada, a consumir cerezas en el mes de enero”.



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