Placenta.

La placenta, nuestro primer espacio habitacional

«Hoy quiero hablaros de una protagonista prácticamente desconocida para la inmensa mayoría de mis congéneres… Y para la casi totalidad de los hombres: la placenta, órgano de 500 g de peso, 20 cm de diámetro y dos de grosor de nuestro sistema reproductivo», reflexiona la Dra. Carmen Sala Salmerón.

«Y aunque sea una especie de personaje oculto, incluso misterioso, no por ello deja de ser fundamental, esencial o primordial tanto en la oxigenación como en la nutrición del feto a lo largo de toda la gestación», destaca nuestra experta en calidad de vida femenina de la Clínica Gine-3.

«Curiosamente, y a la vez, la placenta es una parte de nuestro cuerpo que no suele interesar a las mujeres, ya sea antes o durante el embarazo y menos aún después del parto», dice alto y claro, como siempre, la ginecóloga catalana.

La placenta empieza a formarse cuando el óvulo fecundado se implanta en las paredes del útero, el endometrio.

«Cuando el óvulo es fecundado, en el ovario persiste el cuerpo lúteo, estructura que se forma después de que un folículo ovárico haya liberado un óvulo, una de las claves del embarazo. Este cuerpo lúteo produce progesterona para favorecer el espesor del endometrio y la implantación», explica la Dra. Sala.

Este cuerpo lúteo se degenera si no se produce la fecundación del óvulo, lo que conlleva aparejado la disminución de la hormona progesterona y, consecuentemente, la llegada de la menstruación.

Con la formación de la placenta, posterior a la implantación del óvulo en un endometrio mimado, las funciones de este cuerpo lúteo desaparecerán progresivamente, desactivándose por completo hacia la onceava semana del embarazo.

La placenta es una membrana que por el lado materno se denomina decidua basal y por el lado fetal es una lámina coriónica, recubierta a su vez por otra capa de tejido placentario llamado amnios.

La placenta se conecta con el bebé a través del cordón umbilical, medio para oxigenar y nutrir al feto en desarrollo hasta el momento del parto. Actúa como un pulmón, hígado y riñón, facilitando la eliminación de desechos y filtrando sustancias nocivas.

«Está unida a la pared del útero, casi siempre a su parte superior, lateral, delantera o trasera. Cuando se une a la zona inferior (casos infrecuentes) se podría bloquear parcial o totalmente el cuello del útero y generar placenta previa, impidiendo el nacimiento del bebé», indica la Dra. Sala.

Placenta.

La placenta, tan oculta como trascendental

«La vascularización de la placenta es de doble sentido: la sangre que va de la madre al feto y el flujo sanguíneo que discurre del bebé a su madre. Por tanto, se envían oxígeno y nutrientes (glucosa, aminoácidos, lípidos, vitaminas, minerales, etc) y se eliminan el dióxido de carbono y la materia desechable», describe.

La placenta, además, produce hormonas para el embarazo (hCG, hPL, progesterona -con efectos relajantes para evitar contracciones- y estrógenos) y protege al feto transfiriendo los anticuerpos maternos.

También actúa frente a los microorganismos patógenos y sus infecciones, especialmente virus (rubeola, parotiditis), bacterias (listeria) y protozoos (toxoplasmosis).

«Sin olvidar que filtra sustancias dañinas, aunque no proteja al 100 % contra sustancias tóxicas y medicamentos», apunta.

¿Qué enfermedades puede sufrir una placenta?

La presión arterial (preeclampsia), la diabetes gestacional, el tabaquismo, el consumo de drogas, la edad materna avanzada y antecedentes de cirugías uterinas o cesáreas suelen ser los factores de riesgo más incidentes en la salud de la placenta.

«La placenta puede sufrir hipertensión, infarto, hematomas incluso calcificación, es decir, patologías del sistema arterial; pero debemos prestar mucha atención a las enfermedades de la mujer que puedan, consecuentemente, dañar al feto», subraya.

Más allá de las revisiones rigurosas y periódicas durante el embarazo, habrá que observar algunos síntomas, como el sangrado vaginal, el dolor abdominal o en la espalda y las contracciones uterinas.

La insuficiencia placentaria preocupa sobre manera.

«La placenta no crece con normalidad y funcional mal, minorando el oxígeno y los nutrientes destinados al desarrollo fetal. El impacto directo es un crecimiento menor del bebé a su edad gestacional y cabe la posibilidad de parto prematuro», señala.

«También ponemos el foco en la placenta previa, el desprendimiento de placenta parcial o total antes del parto (provocando falta de oxígeno al feto y su fallecimiento), y en la placenta adherida (toda la placenta o parte permanece en el útero después del parto)», asegura.

Después del nacimiento del bebé, la madre sigue teniendo leves contracciones, tercera etapa del trabajo de parto: expulsar la placenta por la vagina… Si fuera por cesárea, se extrae al final del procedimiento.

«Al revisar la placenta, se comprueba al tacto si conserva toda su integridad, puesto que si se quedara retenido algún trozo en el interior del útero se ocasionarían hemorragias y endometritis (inflamación e infección del revestimiento uterino), entre otros riesgos, como el dolor pélvico y la hipogalactia (retraso en la producción de la leche materna)», alerta.

El destino final de la placenta, nuestro primer e insuperable hogar, estará en el departamento de residuos biológicos hospitalarios, aunque cabe alguna otra posibilidad: investigación científica, obtención de tejidos para las cirugías oculares o el tratamiento de quemaduras.

«Bueno, mujeres, y hombres, espero que hayáis recibido con ánimo positivo este mensaje y que preguntéis sin miramientos a vuestr@s ginecólog@s todas aquellas dudas que tengáis sobre la placenta… ¡A este órgano, pobrecito,, no le hacemos mucho caso», concluye la Dra. Carmen Sala Salmerón.

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