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EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

Parar y reflexionar unos 30 minutos al día para frenar las consecuencias del «síndrome de la vida ocupada»

Vida hiperprogramada, agenda llena, encadenar una actividad con otra, ser muy productivos. Este dinamismo diario, de los que muchos presumen, se conoce en Psicología como el “síndrome de la vida ocupada” y tiene consecuencias en la salud al alterar procesos fisiológicos esenciales, como la digestión, el metabolismo y los ciclos de descanso. Parar para reflexionar, al menos, 30 minutos al día es necesario.

Esta hiperactividad y sobreexigencia, desde el amanecer hasta que se acaba el día, también repercute en la salud mental, la cabeza permanece en alerta continua y presenta dificultades para desconectar, incluso durante los periodos de descanso.

Como resultado, este estado puede interferir en la capacidad de mantener hábitos saludables de forma consistente, especialmente en funciones básicas como el descanso y la alimentación.

Las sociedades han evolucionado con la reflexión

El psicólogo Tomás Santa Cecilia, colegiado del Colegio de la Psicología de Madrid, aconseja poner freno al menos 30 minutos al día para poder reflexionar sobre nosotros mismos, sobre lo que queremos de nuestra vida y la de nuestros seres queridos.

“El parón es necesario en las sociedades, las culturas han evolucionado con la reflexión, con el aburrimiento, con el pensamientos, con el sentir,….no enlazando una tarea con otra”, apunta el director del centro de psicología Cecops de Madrid.

“Nos hemos desarrollado como consecuencia de la reflexión, como consecuencia del aburrimiento, como consecuencia de no hacer nada. Así se desarrolla la creatividad. Cuando una persona pasa de una tarea a otra continuamente no deja espacio a la reflexión” y eso “lo vimos en la pandemia, hicimos un parón y muchos decidieron cambiar de casa por otra con terraza o jardín o dejar a su pareja o cambiar de trabajo”, afirma.

La obra «El Pensador», del escultor francés Auguste Rodin expuesta junto a otras seis esculturas del mismo artista en Palma de Mallorca. EFE/Montserrat T. Díez

El impacto del ajetreo en la salud

Según los expertos de Cigna Healthcar, las principales consecuencias del “síndrome de la vida ocupada” son:

  • Alteraciones metabólicas: La activación cognitiva constante provoca una liberación sostenida de hormonas del estrés, como cortisol y adrenalina. Esto no solo aumenta la presión arterial y la frecuencia cardíaca, sino que también afecta a la forma en que el cuerpo procesa los nutrientes. Combinado con hábitos alimentarios acelerados, puede favorecer desequilibrios en el azúcar y las grasas corporales, aumentando el riesgo de problemas metabólicos a largo plazo, como dificultad para controlar el peso o picos de energía seguidos de fatiga.

Comer con rapidez dificulta que el cerebro registre adecuadamente la sensación de saciedad, un proceso que puede tardar alrededor de 20 minutos, lo que puede favorecer la sobreingesta, alterar la digestión y contribuir a desequilibrios metabólicos a largo plazo.

  • Digestión: Cuando la mente está en alerta continua, el sistema nervioso activa un modo de “prioridad cerebral” que reduce la eficiencia digestiva, alterando la producción de enzimas, lo que dificulta la absorción de nutrientes y potencia el malestar digestivo. En algunas personas se pueden producir síntomas de intestino irritable, los cuales pueden cursar tanto con estreñimiento como diarrea, digestiones pesadas e hinchazón. Estos síntomas pueden empeorar si se consumen alimentos ultraprocesados, muy altos en azúcar o edulcorantes o se come deprisa.
  • Sueño de menor calidad y recuperación insuficiente. La sobrecarga cognitiva mantiene al cerebro en estado de alerta incluso al acostarse, reduciendo los ciclos de sueño profundo y REM. Como consecuencia, el descanso es insuficiente, lo que afecta a la regulación hormonal, la recuperación muscular y la capacidad de concentración al día siguiente, generando sensación de cansancio constante incluso después de dormir.
  • Tensión cardiovascular y muscular. El mantenimiento de un estado de hiperactivación aumenta
    la frecuencia cardíaca y genera contracturas musculares continuas. Estos cambios físicos crónicos
    no solo desgastan el organismo, sino que también interfieren en la disposición para realizar
    actividades físicas y mantener hábitos saludables de forma sostenida, favoreciendo la sensación
    de agotamiento y rigidez corporal.
  • Respuesta inmunitaria disminuida y mayor vulnerabilidad al estrés. La combinación de activación mental constante, sueño insuficiente y alimentación acelerada debilita la respuesta inmunitaria. Esto se traduce en mayor susceptibilidad a infecciones, inflamación y fatiga persistente, haciendo que el organismo sea menos resistente frente a enfermedades comunes.

La percepción de falta de tiempo puede favorecer que hábitos como comer deprisa, hacerlo frente al ordenador o recurrir a productos ultraprocesados se normalicen.

“En la sociedad de hoy, somos muchos los que con frecuencia experimentamos este estado de hiperactividad mental. Tanto la necesidad de ser productivos como el acumulo de tareas trae como consecuencia un estado de alerta continuo en nuestro organismo. Por una parte, el multitasking o las “multitareas” nos pueden generar más ansiedad pues con frecuencia superan nuestra capacidad de gestión», según la doctora Daniela Silva, especialista en Medicina Interna y E Health Medical Manager de Cigna.

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