Familia

Recibir por sorpresa un hipotético premio de lotería que incluyera todo el dinero del mundo, las joyas de la Realeza europea, cada una de las obras de arte expuestas en un museo y hasta la última onza de oro de los piratas, jamás podría igualarse, ni tan siquiera por aproximación codiciosa, a la sensación que recibe el corazón de un padre o una madre cuando un@ de sus hij@s le hace sentir el amor absoluto. No hay nada más íntimo, delicado y exquisito. Esos momentos, muy pocos a lo largo de una vida, se transforman en pura poesía y te hacen comprender el sentido de la existencia...
Si un buen día tu hijo o tu hija te susurrara sin más que tiene "un poder oculto", pero no quiere decirte cuál es, ¿qué selfi endemoniado podrías enviar a tus amigos? Por lo general, los padres siempre tendemos a pensar en "lo peor" (volar como un pájaro) a pesar de que sean nuestros angelicales pimpollos; o precisamente por eso. Los adultos, tristemente influenciados por la hiperrealidad que nos rodea, a veces elevada a la enésima potencia del impacto informativo, hemos perdido la magia de la ingenuidad casi por completo, somos desconfiados, y nos hemos olvidado del único superpoder que detendría la recurrente autodestrucción humana......
¡Papá, pis! y ¡mamá, caca!, ¡me lo hago encima!, son dos frases que nos hacen torcer el gesto a los adultos cuando las escuchamos fuera del hogar familiar. Después de suspirar profundamente, buscamos con urgencia un bar, el hueco entre dos coches o un sufrido árbol. Tener niños significa habituarse a tratar con todo ese tipo de aspectos fisiológicos, máxime si son repentinos; crudeza que solemos ignorar a pesar de que hayamos tenido la cierta e ingrata experiencia de haber cambiado pañales y más pañales desde que vinieron a este mundo real. En cambio, para ellos y ellas resulta algo natural, ya que tienen una relación mucho más franca y sana con su cuerpo... hasta que les toca el papel de padres...
Tienen ojos de búho, orejas de elefante, olfato de sabueso y lengua de serpiente. Niñas y niños son "los animales" más observadores, curiosos y descarados de la naturaleza; y tienen a sus madres y a sus padres en el punto de mira, "perfectamente calados", aunque disimulen y los adultos vivamos en la inocencia de creer que no se enteran de la misa la media. Es más, su forma de expresar lo que piensan de nosotros o de su entorno es tan sorprendente como certera. Nos pueden dejar sin palabras en un santiamén de segundo; de argumentos, ni hablamos...
Uno de los conceptos más difíciles de inculcar a los niños es el de la espiritualidad, y quizá sea porque para alcanzar a comprender nuestro yo más interior y sus eternas y laberínticas disquisiciones haya que haber experimentado antes el verdadero sufrimiento de la vida, con sus decepciones continuas. No obstante, ellos, niños y niñas, hacen múltiples intentos solidarios de imitar a los padres en aquellas cosas que giran y giran alrededor del alma, aunque por lo general esos conatos más bien externos resulten infructuosos, ya que, a diferencia de los adultos, su única intención es la diversión por la diversión, el aprendizaje, y no la flagelación perpetua de sentirse caídos a los pies de la rutina...