Cuando llega la noche, y la oscuridad del dormitorio se llena de estrellitas y lunitas fosforescentes proyectadas en el techo por un juguete dormilón, los padres de un bebé de siete meses, como tuvo nuestra protagonista en su día, se tumban en la cama con al menos un íntimo deseo: "Por favor, que no se despierte la criatura"...